En apenas unas semanas, Donald Trump desplegó más del diez por ciento de la flota global de Estados Unidos en el Caribe, una demostración de fuerza inédita en las últimas décadas. Lejos del consenso neoliberal de los noventa, esta vez Washington no muestra una estrategia clara y coherente, pero sí una convicción: proyectar poder desde América Latina hacia el mundo.
Estados Unidos no movilizaba semejante cantidad de barcos militares en el Mar Caribe desde la crisis de los misiles cubanos en 1962, uno de los momentos más tensos de la Guerra Fría. La prensa norteamericana, aún sacudida por la decisión de Trump de rescatar a su aliado argentino Javier Milei en medio del cierre de su Gobierno por falta de Presupuesto, advirtió que algo estaba cambiando en la política de la Casa Blanca hacia la región.
Durante dos décadas, se repitió que América Latina no era prioridad para Estados Unidos. Pero el actual mandatario parece haber alterado ese orden: sin un plan regional coherente, decidió que en un mundo multipolar debe exhibir fuerza, control y liderazgo. Y el lugar ideal para hacerlo es una región donde ningún país puede hacerle sombra y que gran parte de la dirigencia estadounidense todavía concibe como su “patio trasero”.
Según Alexander Main, director de Políticas Internacionales del Center for Economic and Policy Research (CEPR), “Trump ve al mundo en términos de esferas de influencia”. En ese marco, América Latina, el Caribe y Canadá forman parte del espacio que Estados Unidos considera propio. Para Main, Trump busca controlar la región de manera directa —a través de intervenciones militares— o indirecta, mediante aliados políticos como Milei.
Un séquito de aliados
Mientras el secretario del Tesoro, Scott Bessent, justificó el rescate financiero a la Argentina como un muro ante el avance chino en sectores estratégicos, otra lectura apunta a que Trump quiere dar una lección: la ayuda norteamericana solo llegará para quienes demuestren obsecuencia y alineamiento total. Los aliados no discuten, copian. Copian incluso su estilo político: no dialogar con la oposición, sino confrontarla. En Argentina, ese método ya se replica sin disimulo.
La lógica del sometimiento se expande en la región. Presidentes como el paraguayo Mario Abdo, el ecuatoriano Daniel Noboa o el electo boliviano Rodrigo Paz buscan mostrarse afines a Washington. Lo mismo ocurrirá con el próximo gobierno chileno, sea cual sea su signo, si mantiene la ilusión de obtener apoyo financiero o político.
A diferencia de los noventa, cuando el Consenso de Washington y el ALCA ofrecían un marco ideológico y programático, hoy Trump carece de ambos. Su mirada es transaccional, empresarial, basada en el interés inmediato. “Ve al mundo como un desarrollador inmobiliario”, describe Main. “Siempre busca el mejor acuerdo posible, mezclando intereses personales, familiares y nacionales”.
¿El fin de América Latina como zona de paz?
Algunos países intentan resistir. Brasil, con Lula da Silva, marcó límites claros tras las sanciones y aranceles impuestos por Washington. Lula logró algo que Milei no: que Estados Unidos lo trate como un par. Pero pocos tienen el peso de Brasil para hacerlo.
Ni México se anima. La llamada “guerra contra el narcoterrorismo” ya se expandió del Caribe al Pacífico, con ataques cerca de aguas colombianas y mexicanas. Washington acusa a Gustavo Petro de estar vinculado al narcotráfico y denuncia complots contra funcionarios estadounidenses. Los bombardeos, justificados como operativos antidroga, ya dejaron más de sesenta muertos en aguas internacionales, según denuncias de organismos de derechos humanos.
La profesora Rut Diamint, del CONICET, subraya que “Trump contradice su discurso de no querer más guerras externas”. “Las condiciones regionales no cambiaron para justificar este despliegue. Estados Unidos demuestra que tiene una capacidad de fuerza que nadie más posee en la región”, explica.
Para Diamint, la elección del escenario es calculada: “Aquí no hay armas nucleares, el riesgo es bajo y el efecto propagandístico alto”. Main agrega que el impacto también apunta a su electorado interno: “Las imágenes de ataques circulan como espectáculo político. La narrativa del narcoterrorismo funciona bien en su base social, aunque no tenga efectos reales sobre la crisis del fentanilo”.
Maduro, ¿el nuevo Noriega?
Como en 1989 con Panamá, Trump retoma la vieja receta de usar el narcotráfico como excusa para intervenir. Acusa a Nicolás Maduro de liderar el supuesto Cartel de los Soles y equipara a Venezuela con Al Qaida. Sin embargo, los datos no cierran: Venezuela no produce fentanilo ni exporta cocaína hacia Estados Unidos. “Se está construyendo una narrativa para justificar una política cada vez más agresiva y militarizada hacia Venezuela”, advierte Main.
El despliegue militar en el Caribe incluye buques de gran porte y tecnología de punta, similares a los utilizados por la OTAN en Libia en 2011. Todo sugiere una estrategia de intervención aérea y marítima, sin invasión terrestre directa. Los rumores de operaciones clandestinas de la CIA y planes de transición en Venezuela agravan el clima político interno del país.
“No se están midiendo las consecuencias —advierte Main—. Podría derivar en un conflicto interno sin fin”. El analista apunta también al rol cada vez más influyente de Marco Rubio, ahora con poder sobre Seguridad Nacional y la política latinoamericana de la Casa Blanca.
Diamint, en cambio, no cree inminente un ataque: “Hasta ahora, todos los ataques fueron en aguas internacionales. Si no tiene una victoria asegurada, Trump no va a intervenir”. Pero reconoce que su red de aliados —Argentina, Paraguay, El Salvador, Ecuador y Bolivia— podría ofrecerle una mínima legitimidad regional.
Por ahora, el gobierno de Milei se muestra dispuesto a cumplir ese papel. Su alineamiento con la Casa Blanca es total. En el nuevo mapa de poder hemisférico que impulsa Trump, Argentina se ofrece como el primer peón.
Con información de El Destape
Publicado en lanuevacomuna.com