Pese al frío intenso, una gran cantidad de personas se movilizó para denunciar el desfinanciamiento del sistema científico nacional. Ante los recortes y la desinversión, el mensaje fue claro: “Nadie se salva solo”.
«Desde la investigación sobre la pandemia hasta el desarrollo alimentario, desde la historia nacional hasta la transición energética, desde el análisis de las desigualdades sociales hasta la nanotecnología, desde la literatura hasta la biomedicina: no existe una agenda de futuro sin ciencia», se proclamó a través de los altavoces este miércoles desde las escalinatas del Polo Científico y Tecnológico, en Palermo. Ni siquiera la gélida ola polar que comenzó esa misma jornada impidió que cientos —principalmente jóvenes— comenzaran a concentrarse desde el mediodía. Por el contrario, el clima pareció reafirmar la consigna central, inspirada en El Eternauta de Héctor Oesterheld, historieta recientemente popularizada por su adaptación en Netflix: «Nadie se salva solo».
La imagen de la “nube tóxica” se convirtió en símbolo del deterioro actual que atraviesa el sistema científico en Argentina. Esta manifestación, que tuvo réplicas en al menos quince ciudades del país, no solo evidenció los preocupantes niveles de desfinanciamiento, sino que dejó en claro que la ofensiva contra la ciencia impulsada por el actual gobierno requiere una respuesta colectiva. Muchos asistentes llevaron trajes improvisados —desde guardapolvos reciclados hasta bolsas plásticas— y máscaras variadas, en una suerte de performance crítica que ocupó veredas y calles aledañas al Polo, entre el interés de peatones y el acompañamiento sonoro de automovilistas solidarios.

La movilización fue convocada por investigadores, becaries, sindicatos y docentes, y tuvo una fuerte participación. Desde el micrófono, se denunció: “Se le niega financiamiento a los grupos de investigación, se bloquea el ingreso al CONICET de dos cohortes de 800 investigadores seleccionados por concurso”. También se alertó que “el poder adquisitivo de salarios y becas cayó un 40%, alcanzando niveles mínimos históricos, comparables a los del 2001”. Diversas columnas partieron desde universidades y espacios públicos como Parque Centenario, además de facultades de la UBA como Filosofía y Letras, Ciencias Sociales y Exactas.
Los datos reflejan una situación crítica. Según el Centro Iberoamericano de Investigación en Ciencia, Tecnología e Innovación (CIICTI), la inversión actual en ciencia equivale al 0,15% del PBI, por debajo incluso del 0,17% registrado en 2002. Desde el comienzo del gobierno de Javier Milei, se han perdido 4.148 empleos dentro del sistema científico.
Parte de la organización corrió por cuenta de la Red de Autoridades de Institutos de Ciencia y Tecnología, que emitió recientemente un documento en contra de los recortes. “El gobierno ha implementado una política de aniquilación de aquello que llevó décadas construir”, se afirma en el comunicado, firmado por figuras como el investigador Alberto Kornblihtt.
Durante el acto, miembros de la Junta de Calificación y Promoción del CONICET leyeron un texto donde señalaron: “Lo que está en juego es la continuidad de un modelo de producción de conocimiento reconocido nacional e internacionalmente por su calidad, su arraigo territorial y su compromiso con los problemas del país en un contexto global”.
Sol Martínez, secretaria gremial de ATE CONICET Capital, expresó a Página/12 que el objetivo era exponer el vaciamiento progresivo de todos los organismos de ciencia y tecnología: desde la paralización de ingresos hasta los recortes presupuestarios, pasando por sueldos por debajo de la línea de pobreza. “Denunciamos que esto es un cientificidio. Los números hablan por sí solos”, afirmó. Solo en 2024 se recortaron 4.000 puestos; 1.400 en el CONICET. A eso se suman más de 100 despidos administrativos a comienzos del año, el congelamiento de carreras científicas y una migración forzada por la precarización.
Las renuncias aumentaron un 24% en lo que va del año. Aunque aún no hay cifras oficiales para 2025, se estima que esta tendencia continuará. La planta administrativa se redujo en un 11%, afectando directamente el funcionamiento del sistema.
Salarios que expulsan
Los ingresos de quienes trabajan en ciencia no alcanzan niveles dignos. La mayoría de los investigadores cobra entre 1.200.000 y 1.600.000 pesos, “salvo algunas categorías superiores, reservadas para eminencias contadas con los dedos de una mano”, aclaró Martínez. Los becarios perciben entre 900.000 y 1.000.000 pesos, con haberes congelados desde hace más de un año. El personal técnico y administrativo, entre 800.000 y 1.200.000. Todos ellos, salvo los sectores administrativos, trabajan con dedicación exclusiva.
«Defendemos la dedicación exclusiva», explicó Martínez. «En un contexto donde el pluriempleo se vuelve norma, no es justo tener que sumar varios trabajos para llegar a un ingreso decente. Queremos salarios que nos permitan investigar en condiciones. Pero vemos otra realidad: colegas con formación de excelencia tomando turnos en apps de delivery para llegar a fin de mes…»
El término «cientificidio» también apareció en afiches y pancartas. Algunos representaban a Bernardo Houssay, Nobel de Medicina y fundador del CONICET, envuelto como prisionero por los hilos de baba de los cascarudos dibujados por Francisco Solano López en El Eternauta. Otros carteles mostraban a Darío Genua y al presidente Milei como «cientificidas», en un estilo de “se busca”.
El colapso del sistema científico forma parte de un diseño más amplio. Desde su campaña y en lo que va de su mandato, Javier Milei ha hecho de su rechazo a la ciencia y a las universidades públicas una marca ideológica. Una postura alineada con los discursos de las derechas extremas en el mundo, que, como señala la filósofa italiana Marina Garcés, promueven un clima “radicalmente anti-ilustrado”, que desprestigia el saber validado y a quienes lo producen.
Fernando Meijide, investigador en ecotoxicología del Instituto de Biodiversidad, resumió: “El ajuste actúa por desgaste: no llegan los subsidios aprobados, no se incorporan becarios seleccionados, no hay insumos básicos. Muchos terminan migrando o enseñando en secundarias. Y esos recursos humanos no se recuperan. Son años de formación perdidos que implican un daño estructural para el país”.
«Cerrar ingresos, congelar becas y recortar programas implica un cambio estructural que tomará décadas revertir. No es una política neutra: es una decisión que daña la democracia, la institucionalidad y la moral pública», se leyó entre aplausos.
«Esperamos, al menos, ser recibidos», concluyó Sol Martínez. Se refería a Daniel Salamone (presidente del CONICET), Darío Genua (Secretario de Innovación, Ciencia y Tecnología) y Natalia Avendaño (titular de la Agencia I+D+i). “Hasta ahora, ninguno ha querido encontrarse con la comunidad científica para explicar qué plan tienen para el desarrollo de la ciencia en el país. Queremos respuestas. Es nuestro derecho y su deber”, sentenció.
La Nueva Comuna