Desde un punto de vista técnico, el dominador es quien acumula poder y “riqueza” a costa de la pobreza, el padecimiento y la esclavización de las mayorías. Cuando el esclavo ve al dominador, es un esclavo consciente de su condición. Cuando el dominador desaparece de su campo visual, el esclavo deja de saber que lo es y pasa a creer que vive en “libertad”. Ya no existe un amo visible contra quien rebelarse o combatir. Tampoco hace falta encerrarlo: su cárcel es su propia mente alienada, desprovista de conciencia.
No existe —ni existió históricamente— una forma de esclavitud más acabada que la del individuo alienado en la sociedad de consumo capitalista, en plena era digital de la quinta “revolución tecnológica”.
A mediados del siglo pasado, Aldous Huxley advertía:
“Una dictadura perfecta tendría la apariencia de una democracia, pero sería básicamente una prisión sin muros en la que los presos ni siquiera soñarían con escapar. Sería esencialmente un sistema de esclavitud, en el que, gracias al consumo y al entretenimiento, los esclavos amarían su servidumbre”.
La esclavitud sin barrotes ni guardianes
A diferencia del esclavo tecnologizado del siglo XXI —provisto de celular, redes sociales, inteligencia artificial y GPS—, el esclavo de las civilizaciones anteriores tenía plenamente identificado al verdugo que lo sometía y le arrebataba la libertad. Veía de manera permanente a quien lo esclavizaba y lo mantenía cautivo. En otras palabras, el esclavo antiguo era consciente de su situación de sometimiento y explotación. Sabía quién era su enemigo.
Por eso, la causa humana fundamental del esclavo era luchar por su liberación y terminar con su opresor cada vez que se presentaba la oportunidad.
Esa conciencia de la esclavitud —en la dialéctica histórica entre dominador y dominado— fue el motor de las grandes gestas revolucionarias y emancipadoras en las distintas etapas del sistema capitalista.
El prisionero que no ve a su carcelero
En cambio, el esclavo informatizado de la sociedad de consumo digital no sabe que es esclavo.
A lo largo de sucesivas transformaciones históricas, el capitalismo industrial fue moldeándolo hasta convertirlo en un esclavo tecnológico, programado en el plano psico-mental para ignorar su propia condición.
El nuevo esclavo fue privado de su capacidad humana de pensar por sí mismo la realidad de su sometimiento. Su conciencia colectiva y liberadora fue reemplazada por una ideología consumista de supervivencia individual, sin conciencia propia.
Una ideología que sustituye la aspiración a liberarse del opresor por la ilusión de libertad asociada al consumo de mercancías.
El esclavo tecnológico de última generación reemplazó la esclavitud consciente por una esclavitud sin conciencia, en la que el dominador se volvió invisible. El mundo real de su antiguo verdugo se disolvió para transformarse en una realidad ficticia.
Un cibermundo virtual donde los dominadores ya no necesitan látigos, fusiles ni cámaras de tortura para conquistar y someter. Utilizan conglomerados mediáticos, redes sociales, sistemas satelitales, inteligencia artificial, espionaje digital de datos, marketing algorítmico y adicciones ciber-hipnóticas para introducirse en la mente del esclavo y programar una esclavitud vivida como libertad.
Así emergió el esclavo ciber-informático-digital, condicionado por redes sociales, cadenas televisivas, buscadores con inteligencia artificial, aplicaciones y teléfonos móviles.
Un esclavo con permiso para decir y hacer casi cualquier cosa, excepto pensar con su propio cerebro.
Convertido en prisionero de cárceles informáticas a cielo abierto, donde su único carcelero es la ignorancia y la alienación sin conciencia humana.
Desconectado de la realidad y del mundo que habita.
La Nueva Comuna