«La imagen se puede construir con dinero, pero para obtener una buena reputación no hay dinero que alcance»
Hoy la palabra ‘imagen’ forma parte de nuestro vocabulario cotidiano. Todo tiene una ‘buena’ o ‘mala’ imagen y pareciera que ella es el filtro social del ‘pasa’ o ‘no pasa’. Los políticos luchan por su imagen porque falsamente creen que es sinónimo de votos, y gastan ingentes sumas en sondeos de opinión.
La imagen está atada en gran medida a los medios de comunicación, sobre todo la televisión. Quien no aparece en la pantalla chica ‘no existe’ y, para lograr estar, muchos no vacilan en ventilar las intimidades más escandalosas.
Desde lo conceptual, la imagen está asociada a lo formal, a lo externo, a lo superficial. Es el impacto, lo que percibimos de forma instantánea, pero también es una ‘cara prestada’. La imagen es importante porque es la que deja la primera impresión en la mente de las personas.
La reputación es otra cosa, está vinculada a la actitud y la conducta de las personas y se monta sobre la ética que se practica realmente, no sobre la que se declama, que es parte de la construcción de la imagen.
La imagen se puede construir con dinero. Cuanto más se invierta, más fácil será. Prueba de esto son las estrategias de marketing que instalan productos o candidatos con el apoyo de inversiones en promoción y publicidad.
Por el contrario, para obtener una buena reputación no hay dinero que alcance. Se la moldea con conducta y con honestidad, pero sobre todo con coherencia y consistencia a través del tiempo. Se la construye con el ejemplo, y ese ejemplo sirve como base de una actitud colectiva de admiración y respeto hacia quien goza de una buena reputación. La reputación, mala o buena, no se fabrica, se gana.
Ganar una buena reputación es más complejo que construir una imagen, es una tarea ardua y difícil aunque, una vez cimentada, tiene una gran ventaja sobre la imagen: ésta suele ser efímera, mientras que la reputación es relativamente estable.
Pese a su relativa estabilidad, la reputación es un activo intangible que merece un gran y constante cuidado. Nadie está a salvo de por vida
La reputación, entonces, no es una cuestión filosófica sino de eminente carácter práctico. Está asociada al comportamiento responsable de las personas, funcionarios públicos, políticos o instituciones sociales, cuya conducta es en mayor o menor medida sometida al escrutinio de la sociedad y los medios de comunicación.
Extracto de «Imagen y reputación», Michael Ritter, 2004.
