La administración Trump despliega una arremetida militar, económica, comunicacional y psicológica sin precedentes con el objetivo de desalojar a Nicolás Maduro del poder, mientras gobiernos y potencias internacionales alertan sobre el peligro de una escalada continental. Maniobras navales, cerco petrolero, amenazas explícitas y acciones encubiertas colocan a la región ante un escenario de máxima tensión.
Estados Unidos profundiza la ofensiva integral contra Venezuela y redibuja el escenario bélico en América Latina
En una ofensiva inédita por su escala y explicitud, Estados Unidos busca doblegar a Venezuela mediante un ataque combinado y sin disimulo.
Combinado, porque Washington decidió avanzar con una ofensiva progresiva, sistemática y acelerada en los planos militar, económico, mediático y psicológico, con el objetivo de poner fin al gobierno de Nicolás Maduro e imponer una administración subordinada a sus intereses estratégicos, a semejanza del alineamiento adoptado por la Argentina bajo Javier Milei.
Sin disimulo, porque a diferencia de administraciones anteriores, Donald Trump proclama abiertamente su agenda de dominación neocolonial, incluyendo medidas que resultan abiertamente ilegales y violatorias del derecho internacional.
En el plano estrictamente militar, el Pentágono inició su despliegue en el Mar Caribe en agosto con el envío del buque anfibio USS Iwo Jima y la 22ª Unidad Expedicionaria de Marines. Ese movimiento marcó el inicio de “Lanza del Sur”, la mayor operación aeronaval registrada en la historia reciente de América Latina.
Actualmente operan en la zona cuatro destructores equipados con misiles Tomahawk y el sistema Aegis —dotado de radares y plataformas de guiado de alta precisión—, buques anfibios, el crucero USS Gettysburg y el portaaviones USS Gerald R. Ford, con capacidad para transportar hasta 75 aeronaves de combate entre las más letales del mundo. Según trascendidos extraoficiales, Venezuela cuenta con entre 20 y 30 aviones de guerra plenamente operativos.
En este contexto, Trump amenazó con una invasión terrestre, ordenó el ataque a embarcaciones menores y la ejecución de sus tripulantes, y esta semana intensificó el frente económico de la agresión.
En un mensaje que rozó lo delirante, Trump escribió el martes 16 en su red Truth Social: “Venezuela está completamente rodeada por la Armada más grande jamás reunida en la historia de Sudamérica (…) la conmoción para ellos será como nunca antes se haya visto, hasta que no devuelvan a EEUU todo el petróleo, las tierras y otros activos que nos robaron previamente (…) Maduro está usando el petróleo de esos yacimientos robados para financiarse (…) Por lo tanto hoy ordeno un bloqueo total y completo de todos los petroleros que entran y salen de Venezuela.”
Horas más tarde, el subjefe de gabinete Stephen Miller intentó justificar esa postura al afirmar en X que Estados Unidos había creado la industria petrolera venezolana y que “la nacionalización de 1976 fue el mayor robo” cometido contra su país. “El sudor, el ingenio y el trabajo estadounidense crearon la industria petrolera de Venezuela. Su expropiación tiránica fue el mayor robo registrado de riqueza y de propiedad estadounidense”, sostuvo.
Miller aludía a la decisión adoptada el 1° de enero de 1976 por el entonces presidente Carlos Andrés Pérez (Acción Democrática) de nacionalizar el petróleo y reservar la exploración y explotación de los yacimientos a PDVSA (Petróleos de Venezuela).
Las reacciones internacionales no tardaron en llegar. “Observamos una escalada de tensión en la región y consideramos que esto es potencialmente muy peligroso. Venezuela es nuestro aliado y socio”, afirmó el vocero del Kremlin, Dmitri Peskov, durante su conferencia de prensa habitual.
“Especial inquietud provoca el carácter unilateral de las decisiones que crean una amenaza para la navegación marítima internacional. Confiamos en que la administración Trump, que se distingue por un enfoque racional y pragmático, no cometa un error fatal y se abstenga de seguir deslizándose hacia una situación que entraña consecuencias imprevisibles para todo el Hemisferio Occidental”, agregó.
El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, calificó una eventual intervención militar en Venezuela como “una catástrofe humanitaria” y propuso, junto a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ejercer un rol de mediación entre Washington y Caracas para promover una salida diplomática. Lula confirmó que dialogó tanto con Trump como con Maduro sobre el tema.
China, principal destino del crudo venezolano, también cuestionó la “intimidación unilateral” contra el gobierno bolivariano. El canciller Wang Yi se comunicó telefónicamente con su par venezolano, Yván Gil, y expresó que Beijing se opone “a todas las formas de intimidación unilateral y apoya a los países en la salvaguarda de su soberanía y dignidad nacional”. Para China, la ofensiva no apunta sólo a Caracas, sino también a bloquear el acceso del petróleo venezolano a sus puertos.
Guerra no convencional
Además del cerco militar, el bloqueo marítimo, la incautación de un petrolero, las sanciones económicas y la criminalización política del gobierno venezolano, la Casa Blanca puso en marcha una estrategia de guerra no convencional.
El mes pasado, Trump autorizó públicamente operaciones encubiertas de la CIA en Venezuela. No sería extraño que entre los contingentes de migrantes venezolanos repatriados desde Estados Unidos se hayan infiltrado agentes o civiles con tareas desestabilizadoras. Tampoco resultaría sorpresivo que, en el corto plazo, se impulsen protestas opositoras del tipo “revoluciones de colores” con el objetivo de derrocar a Maduro.
Para dotar de una pátina de “legitimidad” internacional a un eventual golpe, se activaron dos operaciones institucionales y mediáticas. La primera consistió en instalar la idea de la “ilegalidad” del gobierno venezolano, a partir de denuncias de un supuesto “fraude” por la “no presentación de actas” tras la última elección presidencial. En esa línea, el canciller Marco Rubio sostuvo en su discurso de balance de gestión de 2025 que “el de Maduro es un régimen ilegitimo”.
La segunda operación —con participación de actores no estadounidenses— fue la concesión del Premio Nobel de la Paz a la dirigente opositora María Corina Machado. La decisión generó un fuerte escándalo, ya que la galardonada defiende abiertamente una intervención militar estadounidense en Venezuela.
Julián Assange, fundador de Wikileaks y referente global de la libertad de prensa, denunció a la Fundación Nobel por “facilitar crímenes” al premiar a una figura que promueve una agresión armada contra un país sometido a un asedio naval sin precedentes.
Assange sostuvo que el Nobel se convirtió así en un instrumento político que traiciona su espíritu original. “Transforman un instrumento de paz en una herramienta de guerra”, afirmó. Entre otras medidas, propuso congelar el millón de euros del premio hasta conocer su destino final e investigar tanto a los 30 miembros del comité que avalaron la distinción como exigir la devolución de la medalla.
El escenario regional podría alterarse de forma drástica. ¿Ordenará Trump un ataque selectivo contra algún dirigente venezolano, como hizo el 3 de enero de 2020 con Qasem Soleimani en Irán? ¿Autorizará bombardeos sorpresivos sobre instalaciones estratégicas, como los realizados este año contra centros nucleares iraníes? La estabilidad de América Latina está en juego. El tiempo para defender la paz se acorta.
Con información de El Destape
Publicado en lanuevacomuna.com