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El FMI y Wall Street imponen el rumbo cambiario

El ministro de Economía, Luis Caputo, volvió a modificar el esquema cambiario por exigencia del Fondo Monetario Internacional y de los principales bancos de inversión de Wall Street. La decisión apunta a frenar el atraso del tipo de cambio real y a cumplir con la meta de acumulación de reservas en el Banco Central, condición clave para sostener el programa financiero del Gobierno.

La política cambiaria de la administración Milei-Caputo acumula una sucesión de giros que expone la fragilidad del plan. Primero, una megadevaluación del 118%; luego, un crawling peg del 2% mensual, reducido al 1% con la promesa de llevarlo a cero; más tarde, un régimen de bandas con deslizamiento del 1% mensual en piso y techo; y ahora, la indexación de ambos extremos a la inflación de dos meses atrás. La secuencia refleja la falta de estabilidad en un área que el oficialismo presentaba como su principal fortaleza técnica.

A pesar de un tipo de cambio apreciado y de reservas internacionales netas negativas que pasaron de unos 11.000 millones de dólares al inicio de la gestión a alrededor de 17.000 millones, Caputo se mantiene en el cargo. Incluso, días atrás había defendido públicamente la “correcta calibración” de la banda cambiaria y desafiado a quienes advertían atraso cambiario, exhibiendo datos de exportaciones. El nuevo giro desmiente ese discurso.

La presión del FMI terminó de ordenar el cambio. Desde el 1° de enero de 2026, el piso y el techo de la banda cambiaria se ajustarán mensualmente según la inflación de dos meses previos, abandonando el deslizamiento fijo del 1% vigente desde abril de 2025. En paralelo, el Banco Central anunció que iniciará compras de divisas para recomponer reservas.

El propio Central reconoció que el esquema anterior profundizaba la apreciación real del peso: con una inflación superior al 2% mensual y una banda que se movía al 1%, el dólar oficial quedaba sistemáticamente rezagado. El nuevo mecanismo busca evitar una devaluación brusca, pero admite implícitamente el atraso que el Gobierno negaba.

El viraje no responde solo al Fondo. Informes de JP Morgan y Morgan Stanley habían advertido que el esquema vigente dificultaba el ingreso de dólares y empujaba al incumplimiento de la meta de reservas, abriendo la puerta a un nuevo waiver con el FMI. Tras el fallido intento de financiamiento en el mercado local —con una emisión en dólares al 9,26% anual— quedó expuesto el desafío central: cómo afrontar los vencimientos de deuda de 2026 sin acceso pleno al crédito internacional.

Un informe de la consultora PxQ sintetizó el giro con crudeza: el oficialismo se vio forzado a reconocer la inconsistencia de un régimen de bandas sin acumulación de reservas, sostenido más por objetivos electorales que económicos. La estrategia oficial de “abrir primero el mercado y acumular después” se invirtió: ahora se intenta recomponer reservas para ver si así se reabre el financiamiento externo.

Incluso desde la ortodoxia surgieron críticas. El economista Ricardo Arriazu cuestionó el esquema de bandas por generar incertidumbre en una economía bimonetaria y recordó que, bajo el crawling peg previo, el Banco Central había comprado reservas, mientras que con las bandas no logró sumar dólares.

El trasfondo es un trilema sin resolución sencilla: sostener la desinflación, acumular reservas y mantener la actividad al mismo tiempo. Ajustar el tipo de cambio debilita el ancla antiinflacionaria; reforzar el ancla fiscal implica más ajuste y costos sociales. En ese marco, el nuevo esquema aparece menos como una solución de fondo que como otro parche para ganar tiempo en un programa que sigue condicionado por el FMI y los mercados financieros.

Con información de El Destape

Publicado en lanuevacomuna.com

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