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El “Corolario Trump”: la ofensiva de Washington para reinstalar la hegemonía sobre América Latina

La nueva Estrategia de Seguridad Nacional 2025 publicada por la Casa Blanca no deja espacio para interpretaciones ambiguas: el gobierno de Donald Trump busca reinstalar la supremacía estadounidense en el mundo y, especialmente, convertir a América Latina en un territorio de subordinación estratégica. El documento retoma la histórica Doctrina Monroe y la actualiza bajo un formato abiertamente imperial, al que denomina “Corolario Trump”.

El texto afirma sin rodeos que Estados Unidos no permitirá que ninguna potencia –en alusión directa a China y, en menor medida, a Rusia– desafíe sus intereses en la región. Y, lejos de los gestos diplomáticos de administraciones demócratas y republicanas previas, la nueva estrategia opta por una declaración explícita: Washington “se impondrá dónde y cuándo lo necesite”.

El corazón del plan está dirigido al Hemisferio Occidental, categoría con la que el documento rebautiza a América Latina para encuadrarla como espacio vital de acción. En ese marco, anuncia una restauración “total” de la Doctrina Monroe con objetivos militares, económicos y geopolíticos. Y anticipa que negará a “actores extrahemisféricos” cualquier posibilidad de instalar capacidades estratégicas en la región.

La reconfiguración del dispositivo militar estadounidense ya está en marcha. Argentina, Ecuador y Perú aparecen entre los casos más avanzados. En Argentina, el decreto 697/2025 habilitó ejercicios militares conjuntos en Mar del Plata, Puerto Belgrano y Ushuaia, puntos clave del mapa estratégico regional. Los marines ya entrenaron en Tierra del Fuego meses atrás, en maniobras que consolidan un acceso privilegiado a una zona de interés global.

En Ecuador, el gobierno de Daniel Noboa abrió la puerta no solo al Pentágono, sino también a Academi —la ex Blackwater—, una de las compañías de mercenarios más denunciadas por crímenes contra civiles en Medio Oriente. En Perú, el Congreso aprobó la permanencia de tropas estadounidenses durante todo 2026. Y en el Caribe, la presencia militar de Washington avanza con bases, radares y despliegues navales cada vez más densos, incluso a escasos kilómetros de la costa venezolana.

Aunque la narrativa oficial insiste en el combate al narcotráfico, la lectura completa de la Estrategia de Seguridad Nacional deja claro que ese argumento funciona como justificativo. El objetivo declarado es restablecer la hegemonía estadounidense en una región que considera crucial para su seguridad y para su reordenamiento global.

En línea con la retórica que caracteriza al trumpismo, el documento se autopresenta como un parteaguas histórico. Enumera como logros la ofensiva contra lo que llama “ideología woke”, la restricción migratoria, decisiones militares recientes y un rediseño profundo de las fuerzas armadas. Rechaza toda agenda climática y demoniza al “globalismo” y al libre comercio, pese a que fueron pilares de la política exterior estadounidense durante décadas.

El capítulo dedicado a China expone un giro: la Casa Blanca reconoce que la apertura económica de las últimas décadas favoreció el ascenso chino y que, desde esa perspectiva, Washington debe redefinir prioridades. El resultado es un reparto tácito de zonas de influencia en el que América Latina figura como territorio a consolidar bajo control estadounidense.

La pregunta que subyace es si el plan contempla la resistencia histórica de los pueblos latinoamericanos, la complejidad de las dinámicas internas de la región y el propio desgaste estructural de Estados Unidos. Porque, aunque el documento se presenta como una reafirmación de poder, también deja entrever una preocupación profunda: la necesidad de recuperar terreno en un mundo que ya no se ajusta al orden unilateral del pasado.

Con información de El Destape

Publicado en lanuevacomuna.com

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