Vie. Ago 12th, 2022

Todos se van con el Massa

El portal Infobae, los mercados financieros, los gobernadores de la ancha avenida del medio, el economista neoliberal Carlos Melconian y hasta el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (Mauricio Clever Carone, un trumpista del ala dura del Partido Republicano) festejaron a coro la llegada del flamante superministro Sergio Massa en plena crisis política y económica.

En medio del tembladeral, el arribo del tigrense oriundo de la UceDé al gobierno del Frente de Todos deja algunas evidencias del (mal) funcionamiento de la coalición y expresa un consenso extendido: el de la bala de plata. Si Massa no puede, todos pierden. Un político a Economía, un dirigente en lugar de un académico, el socio minoritario convertido en médico intensivista.

El principal derrotado es el presidente Alberto Fernández y su investidura. Carente de poder real, la llegada de Sergio Tomás le pone punto final al fatídico invento del «albertismo»: un puñado de dirigentes porteños sin ningún tipo de base social en alianza con algunos cuadros técnicos carentes de lealtad y peso político. El príncipe que llegó sin armas propias, como diría Maquiavelo, se repliega en la conjunción de sus nulas virtudes y su poquísima fortuna, hecho que se confirmó con el diagnóstico positivo de COVID para Joe Biden, la cancelación de la reunión con el presidente estadounidense y la consecuente firma del despido de la valiente pero breve Silvina Batakis.

Cristina Kirchner, la socia política mayoritaria del Frente, permanece en silencio. Con la triste certeza de la profesía autocumplida, las lecturas de la vicepresidenta se fueron refrendando una a una: desde los funcionarios que no funcionan, al festival de importaciones y la necesidad de poner un ojo en la economía mientras al crecimiento de Argentina (que desde el Gobierno insisten en resaltar) se lo siguen llevando unos pocos vivos.

Capítulo aparte merece la lectura política más de fondo. Gran parte de las dificultades del Frente de Todos provienen de un error de gestación, un pecado original: considerar que en la construcción de una «nueva mayoría», la fracción minoritaria de la alianza tendría la capacidad de conducir a la mayor de las minorías que lo conforman. En una región donde las transformaciones populares son inexorablemente dirigidas por liderazgos caudillistas, el anhelo del PJ Capital y los feligreses del diálogo, chocó con la realidad. No se puede dirigir sin Cristina. Por más consenso y buenas formas que se escenifiquen. Y eso, Massa lo entiende mejor que Alberto.

En el fondo del problema reside la idea del diálogo. La premisa que defienden con uñas y dientes la adormilada conducción de la CGT y el más grande de los movimientos sociales de Argentina dio cuenta de sus tremendas consecuencias. Un gobierno que se sentó en la mesa de todos sus adversarios, que anticipó todas sus ofensivas, timorato ante los reclamos populares y endeble frente a los embates de los poderosos. La democracia argentina no admite diálogo: si se quiere transformar la sociedad es necesario confrontar. De otra forma, se termina llevando adelante el programa de las clases dominantes con un envase peronista.

Los espacios que se vistieron de albertistas -por convicción política o mero anticristinismo- ahora atraviesan serias crisis. La CGT es una muestra cabal de ello: los «gordos» perdieron la UOM ante el kirchnerismo, se fortalece el armado crítico de Pablo Moyano y Héctor Daer y el macrista Carlos Acuña convocaron a una marcha el 17 de agosto, un mes después de la corrida cambiaria, sin ningún tipo de consignas, oradores ni actos.

El Movimiento Evita tampoco la pasa bien: pasó de conducir indiscutiblemente el movimiento popular y piquetero a lidiar con sus tensiones internas: se distancia de la idea de Salario Básico Universal que propone Juan Grabois, ve crecer a su izquierda un inmenso movimiento piquetero troskista y afronta el embate de una justicia reaccionaria que aprovecha las críticas al sistema de planes sociales para perseguir, judicializar y demonizar a los movimientos sociales.

Mientras tanto, no pasa nada, porque todos (traidores y no traidores) se van con Massa. El kirchenrismo más duro acepta (e impulsa) la designación del superministro, conciente de que es la última carta posible para evitar el triunfo de Horacio Rodríguez Larreta en 2023. Mientras tanto, cuida la gestión de la estratégica Provincia de Buenos Aires y los municipios propios en busca de imponer condiciones o rediscutir eventuales liderazgos.

Preocupa también la falta de iniciativa del campo popular. Fuera del proyecto de Salario Básico Universal (que no cuenta con aval explícito más que de un puñado de diputados y movimientos sociales), no pareciera aparecer ninguna ofensiva en lontananza. La economía y la política se construye con expectativas y la dubitativa forma de avanzar que adoptó el Frente de Todos envalentona a los adversarios y aletarga a los propios. Preocupa que la militancia esté discutiendo con más vehemencia los nombres de los funcionarios de segunda línea de los Ministerios que la explotación privada y foránea del Río Paraná.

Massa viene a devaluar y de eso no quedan dudas. Más temprano o más tarde, el nuevo ministro de Economía, Agricultura y Desarrollo Productivo cederá a las presiones del agro, los monopolios y los financistas que empujaron el valor de la divisa ilegal hasta los 350 pesos. Resta ver cuál será el programa para los sectores populares que sostienen el embate con jubilaciones mínimas de 37 mil pesos y salarios básicos de 45 mil.

Entre tanto, el hábil Massa ya se encargó de pedir premura y anunciar que será recién el día miércoles cuando comunique su plan de gobierno, tal vez la última carta en la mano del Frente de Todos. La paciencia, dicen, es la virtud de los fuertes.

Grito Del Sur

Publicado en lanuevacomuna.com

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