Por Ana María Rodríguez / periodista
En uno de estos días aproveché la cola para ir a Barquisimeto, mi ciudad natal. Necesitaba resolver algo legal pero también tenía muchas ganas de ver a mi familia, llevarles alimentos, saber cómo estaban; total que fui y los vi. Duré menos de 48 horas allá, no le avisé a nadie porque la verdad mi interés no era ir a visitar personas en pandemia.
Regresé a Caracas antes de que cerraran la ciudad. Al día siguiente comencé a sentirme mal. Fiebre alta, dolor en la faringe, fuerte dolor de cabeza y mucho dolor muscular y articular. Me asusté como nunca, pensaba en mi mamita que tiene 72 años, es hipertensa, sufre de alergias y problemas circulatorios, aún cuando está muy bien y se cuida. Como mamá también es amorosa, recuerdo que me acosté con ella un rato a ver Ertugrul, su serie favorita y la abracé largo rato.
Pensé en mi tío Reinaldo, un viejito periodista mayor que mi mamá, creo que tiene 76, a quien también vi de forma fugaz y con quien tenemos una pelea para que se alimente bien. Mi tío fue mi mayor inspiración periodística y lo sigue siendo hoy por hoy, un ejemplo a seguir en esta profesión aunque no se lo diga, y aunque políticamente pensemos distinto, es el mejor dentro de mi corazón.
Recordé a mi tía Negra, otra que aunque está súper dura, sufre de migrañas y tiene 71 años; ella siempre ha sido una gran consejera política, de esas chavistas que no se rinden y que te meten un lepe si te ve culipandeando. Y así, pensé en al menos 12 personas más con las que tuve contacto.
Me puse a llorar cómo un niño ese día. Llamé a mamá y le dije lo que pasaba; por supuesto alertó a todas las personas con las que tuve contacto, puesto que de seguir enferma, me harían la prueba esta semana.
Desde ese día hasta hoy, sólo tuve fiebre a 38,4 una vez nada más, me tomé un Atamel y ya no sentí más síntomas. Recordé también que dejé la ventana de mi cuarto abierta y que eso pudo darme ese resfriado, que además no es la primera vez que me pasa. Mis amigos médicos consideraron que no era necesario hacerme la prueba del Covid-19 puesto que efectivamente ya estoy bien, no hubo más fiebre ni síntomas asociados al Covid-19.
Me ganó la emoción esta vez por encima de la racionalidad.
Es muy duro vivir la cuarentena sin los seres que amas cerca, por no decir que una buena parte de ella he estado laboralmente sobrepasada, cansada, ansiosa y a veces achicopalada.
La única razón por la que cuento esto por acá es porque quiero que tomen conciencia de lo capaces que somos de poner en riesgo la vida de los seres que amamos así lo hagamos pensando que no hacemos daño.
Es horrible esta cuarentena, es horrible como nos estamos quemando el cerebro los periodistas y teletrabajadores desde casa que no tenemos horarios fijos, y sí, es horrible querer mandar todo a la mierda por agotamiento y no poder hacerlo porque no sabes lo que le viene a este país y al mundo; pero creo humanamente, que hubiera sido más doloroso para mí cargar con la culpa el resto de mi vida si a alguno de esos viejos queridos o cualquiera de las personas, (familia casi toda), les hubiera pasado algo.
Para mí hoy no hay nada que lamentar, pero pudo ser una historia muy trágica de la que nunca hubiera podido recuperarme emocionalmente. Por eso los invito a todos a tomar conciencia, a quedarse en casa, que mañana será otro día y quizás amanezcamos con la buena noticia de una vacuna, pero hoy sólo tenemos esto, un virus mortal que se lleva a cualquiera por delante, y por ellos, los que amamos, vale la pena sorportarlo.
LA NUEVA COMUNA