Nuestra clase política es responsable de aquello mismo por lo que se lamenta
Se habla mucho sobre la “verdad”: “ahora se sabe la verdad”, “la verdad es una sola”, “vamos detrás de la verdad”, “hay que decir la verdad”, «la verdad es hija del tiempo» y por supuesto, no puede faltar el tan siempre mentado “la única verdad es la realidad”.
Y así vamos nosotros por la vida, escuchando, asimilando, produciendo y reproduciendo frases como éstas, a pesar de que en el fondo sabemos que hay efectivamente una verdad: la verdad de que no hay verdad.
La verdad es que la verdad no es una cosa unívoca y absoluta, unilateral e incuestionable, perenne y universal. Claro está, existen innumerables esfuerzos por hacerla aparecer de este modo para nosotros, esfuerzos lingüísticos, intelectuales, económicos, políticos…
Hasta que aparece alguien dispuesto a analizar, agarrar un concepto que aparenta ser incorruptible y partirlo en dos o más pedacitos.
Un concepto tal como, por ejemplo, el de “crisis institucional”. Todo el mundo habla de “crisis institucional” en Necochea, parece el leiv motiv que no puede faltar en ningún análisis o discurso político, provenga de donde provenga. Hablemos entonces, de la “crisis institucional”, que a nadie le gusta quedar afuera de las modas discursivas.
Aunque sabemos también que las modas a Necochea siempre llegan un poco más tarde que a otras partes del país. Vivimos en un constante delay, es parte de nuestro encanto.
Hace casi 15 años atrás en Argentina ya se hablaba de “crisis institucional”. El 2001 significó para nuestro país una crisis no sólo económica sino también política, puesto que aquel punto de quiebre del ciclo económico neoliberal vino acompañado de una notable pérdida de legitimidad de las instituciones de nuestra moderna democracia. “Que se vayan todos”, vociferaban las multitudes en las calles, y no hubo, durante un memorable e histórico período de tiempo, presidente que aguantara tamaña presión social.
Luego llegaron los años de la “recomposición democrática”. Aquellas multitudes que otrora no encontraban un canal de expresión más satisfactorio que la calle y las cacerolas volvieron a las urnas. El nivel de participación electoral aumentó, acompañado de una reforma en el sistema de sufragio, internas abiertas y obligatorias, y la posterior inserción de una capa de la juventud que anteriormente no poseía capacidad de voto.
Los argentinos, de a poco, dejamos de hablar de “crisis institucional”. A nadie se le ocurrió tampoco, luego de aquel 54% en las elecciones presidenciales, mencionar palabras tales como “falta de legitimidad” o “descreimiento”, y recién en este último período, con la aparición del “Boudou Gate” y el esfuerzo de muchos periodistas y políticos mediante, volvió a tener algún tipo de eco el discurso anti-corrupción tan escuchado allá por los ’90.
En este contexto habría que preguntarse ¿este proceso de recomposición institucional llegó a Necochea o aún estamos esperando el milagro?
De ser correcto el primer caso, entonces ¿por qué hablamos actualmente de”crisis institucional”? ¿Será que llegó pero nunca lo vimos? ¿Y por qué no lo vimos? ¿Fue boicoteado? ¿Fue interrumpido abruptamente? Esta podría ser tranquilamente la postura de los adeptos al kirchnerismo que asumió de la mano de Horacio Tellechea: “lo intentamos, pero no nos dejaron hacer”.
De ser correcto el segundo caso, bueno, el panorama no es mucho mejor. Significaría que hace décadas que en realidad estamos viviendo una “crisis institucional”, y hasta ahora nadie, absolutamente nadie ha sabido cómo resolverla.
Porque hay algo que resulta muy curioso más allá de cualquier postura que uno pueda tomar ante el caso. Quienes culpan al sector político encabezado por Tellechea de generar una “crisis institucional” no son ajenos al proceso destitutorio. Más bien, son quienes lo iniciaron y lo llevaron adelante. Entonces, si es el proceso destitutorio del profesor Tellechea el causante de la “crisis institucional” que vivimos los necochenses, nadie queda libre de culpa. Uno por juzgado, otros por jueces, no importa demasiado. En definitiva no hay “buenos y malos” y casi toda nuestra clase política es responsable de aquello mismo por lo que se lamenta.
¿Será entonces que nada de esto tiene que ver? ¿Será que el caso de Tellechea es sólo una pantalla, un proceso utilizado para lavar culpas? ¿O para esconder una realidad mucho más dura?
La realidad de que a Necochea nunca llegó el “que se vayan todos”, o llegó pero se hizo escuchar tan poco que terminaron por quedarse…
En nuestra sociedad hay descreimiento, en nuestra sociedad hay falta de confianza en nuestra clase política. Pero no nos engañemos, no tiene que ver con ningún nombre en particular. Adopta nombres propios, es cierto, de la más diversa variedad de procedencia de sectores y banderas políticas, pero eso es realmente indistinto porque todavía, lamentablemente, seguimos escuchando “son todos lo mismo”.
Y el “son todos lo mismo”, al igual que el “que se vayan todos” no distingue nombres, banderas o ideologías, a pesar de que efectivamente haya diferencias entre unas y otras.
