La agresividad de Donald Trump, evidenciada en la apertura de las sesiones legislativas del Congreso de los Estados Unidos (foto), refleja una megalomanía directamente proporcional a la cantidad de frentes de conflicto que impulsa de manera simultánea. Sus provocaciones, amenazas, desmentidas y posturas intervencionistas buscan recuperar la supremacía geopolítica que hace cuatro décadas se consideraba incuestionable. Para “recuperar la grandeza perdida” –traducción política del lema trumpista MAGA–, su estrategia se despliega en seis escenarios de confrontación paralela.
El primer frente de batalla fue abierto durante la presidencia de Barack Obama, cuando el foco del enemigo dejó de estar puesto exclusivamente en el “terrorismo islámico” para concentrarse en el narcotráfico. Ambos fueron desplazados por la República Popular China, convertida en el nuevo antagonista estratégico, utilizando la crisis del fentanilo como argumento para responsabilizar a Beijing de su tráfico internacional. La historia ofrece ironías notables: a mediados del siglo XIX, el Reino Unido y Francia desataron las Guerras del Opio cuando China intentó prohibir la comercialización y el consumo de esta sustancia, defendiendo su producción local y cerrando sus fronteras al contrabando. Entonces, en nombre del “libre comercio” –y del derecho a consumir opio en Europa Occidental–, las potencias coloniales invadieron China, impusieron sus condiciones por la fuerza y tomaron el control de Hong Kong. Ayer el pretexto fue el opio. Hoy es el fentanilo.
La cultura estadounidense parece no poder existir sin enemigos. Su propia historia cinematográfica lo demuestra: indígenas, vietnamitas, rusos, musulmanes, latinoamericanos y, ahora, chinos. En épocas de menor tensión internacional, el enemigo imaginario ha sido incluso extraterrestre. La guerra contra Beijing se libra en dos dimensiones: por un lado, en el ámbito económico, comercial y tecnológico; por otro, en la batalla simbólica por el relato global. Más allá del intento por debilitar la Iniciativa del Cinturón y la Ruta (BRI) –el megaproyecto de infraestructura global liderado por China–, lo que Washington no puede aceptar es que el liderazgo del país más dinámico y productivo del mundo esté en manos de un partido comunista. Esta hostilidad se manifiesta de manera híbrida: aranceles, bloqueo del comercio marítimo en el sudeste asiático, presiones a países que cooperan con Beijing, sanciones unilaterales, provocaciones en Taiwán y una intensa ofensiva propagandística.
El segundo frente de la estrategia de Trump tiene a Rusia en la mira, pero con un objetivo secundario: distanciarla de China. Para ello, su administración parece dispuesta a sacrificar la relación con un socio atlantista de menor relevancia, la Unión Europea, a la que considera un vasallo obediente. Así lo dejó entrever el secretario de Estado, Marco Rubio, en una entrevista con el portal Breitbart, fundado por Steve Bannon, donde admitió que la postura de Trump respecto a la guerra en Ucrania busca replicar la maniobra de Henry Kissinger en los años 70: “No sé si alguna vez lograremos desvincularlos por completo de su relación con los chinos (…) pero tenemos que intentarlo (…) ahora estamos hablando de dos potencias nucleares alineadas contra Estados Unidos…”.
El tercer capítulo de esta estrategia beligerante se vincula con ambiciones de control territorial y logístico sobre puntos estratégicos clave. En este sentido, aparecen los casos de Panamá y Groenlandia, este último vinculado a Dinamarca desde hace ocho siglos. Marco Rubio justificó las intenciones expansionistas al advertir que “los chinos básicamente son dueños de los dos grandes puertos: los puertos de Hutchison en ambos lados del canal (…) en el futuro los chinos podrían impedir el tráfico del canal. Esa es la preocupación central.” En cuanto a Gaza, la retórica agresiva en torno a la limpieza étnica está directamente relacionada con el control del Mediterráneo oriental, el acceso a reservas de gas en la región y la protección militar de su aliado, Benjamín Netanyahu.
El cuarto conflicto tiene un marcado trasfondo racial. Se trata de la política de expulsión masiva de migrantes no blancos, no anglosajones y no protestantes, en línea con la doctrina supremacista del Ku Klux Klan (KKK), aunque sin afectar a la población afrodescendiente ya asentada en Estados Unidos. Esta ofensiva apunta principalmente contra los migrantes latinoamericanos que llegaron en las últimas cinco décadas. David Duke, uno de los referentes del supremacismo blanco, celebró públicamente el impacto de Trump en su movimiento: “Trump nos ha empoderado”.
El quinto frente de ataque es contra el denominado wokismo, término que engloba la defensa de los derechos de las mujeres, la diversidad sexual y los grupos étnicos históricamente discriminados. A diferencia de lo que algunos creen, esta ofensiva no es meramente cultural, sino que responde a una lógica de mercado: invisibilizar el trabajo de las mujeres, precarizar las tareas de cuidado, negar el papel del patriarcado en la explotación económica y perpetuar la segregación racial.
Se le atribuye a Henry Kissinger la frase de que Estados Unidos no tiene amigos permanentes, solo intereses. Trump parece haberla llevado al extremo: en su búsqueda por restaurar la hegemonía estadounidense, su administración ha multiplicado los conflictos abiertos, desafiando incluso a sus aliados históricos.
La Nueva Comuna