El gremio de transporte se desentiende del paro general: entre conciliaciones obligatorias y un sindicalismo dividido
En un contexto marcado por el ajuste feroz del gobierno de Javier Milei, la Unión Tranviarios Automotor (UTA) decidió no sumarse al paro general convocado por la Confederación General del Trabajo (CGT). La conducción del gremio, encabezada por Roberto Fernández, optó por acatar la conciliación obligatoria, esgrimiendo un compromiso con el “Estado de Derecho”, aunque su postura se asemeja más a una señal de docilidad hacia los intereses empresariales que a una defensa firme de los derechos laborales.
El comunicado emitido por la UTA el pasado 9 de abril afirma que “comprende y apoya” los reclamos de la central obrera, pero elige “respetar el espacio conciliatorio creado para sostener la Paz Social”. Una afirmación que suena a eufemismo, considerando el panorama actual de despidos, pulverización de salarios y desmantelamiento de áreas clave del Estado. ¿De qué paz social hablamos si lo que reina es la angustia y el empobrecimiento?
La importancia de la UTA en cualquier medida de fuerza nacional es incuestionable: sin transporte, la protesta pierde potencia real. Por eso, su ausencia no es menor. Al desmarcarse del paro, el gremio debilita el frente sindical y aporta —aunque sea por omisión— a una gobernabilidad basada en el despojo y la represión. Más que una decisión técnica, es una toma de posición política.
Legalismo sin lucha
El argumento de “no contar con herramientas legales” para adherir al paro suena a justificación vacía. La historia del sindicalismo argentino está atravesada por gestos de rebeldía que desbordaron las normas cuando fue necesario. Desde los ferroviarios en los años 40 hasta los piqueteros del 2001, las grandes conquistas no se lograron esperando permisos. Hoy, más que nunca, se requieren gremios que enfrenten el atropello, no que lo administren con corrección formal.
En lugar de levantar la voz junto a millones de trabajadores, la UTA optó por un silencio funcional al poder. Mientras el Gobierno convierte al Ministerio de Trabajo en una extensión de las patronales, el gremio que representa a quienes sostienen el país sobre ruedas elige mirar para otro lado.
Un sindicalismo que se desdibuja
La división interna de la CGT ya no puede ocultarse. Y la actitud de la UTA refleja el avance de un sindicalismo replegado, más cercano a los pasillos del poder que a las calles donde se juega el destino de la clase trabajadora. Su mensaje final —“Que Dios ilumine a todos los gobernantes y dirigentes”— parece más una evasiva que una consigna. Porque el pueblo no necesita plegarias: necesita acción, coraje y representación genuina.
Al bajarse del paro, la UTA también se baja de un momento clave. Y la historia, cuando pase la factura, no va a distinguir entre quienes atacaron al pueblo y quienes lo dejaron solo.
La Nueva Comuna