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«Homo Argentum»: un prototipo falto de gracia y funcional a la batalla cultural libertaria

El estreno de Homo Argentum no solo reactivó la vieja discusión sobre “el cine que quiere ver la gente” frente a “las películas que solo ven cuatro espectadores” —una falsa dicotomía que parte del prejuicio y la ignorancia sobre la diversidad de la producción nacional—, sino que fue rápidamente capitalizado por el ecosistema libertario. Desde redes y medios afines, se apropió de la película como emblema de su batalla cultural, exaltando un modelo de “ser argentino” que reivindica el individualismo extremo, la mezquindad y la picardía oportunista, con la lógica de progresar a costa de los demás.

Más allá de ese marco, la nueva propuesta de Mariano Cohn y Gastón Duprat —responsables de El hombre de al lado, Mi obra maestra, 4X4 y varias series para plataformas— se compone de dieciséis mini historias autónomas, unidas por un delgado hilo que pretende, de forma pretendidamente jocosa, moldear un arquetipo del “ser nacional” enfatizando sus zonas más oscuras. Tal vez el proyecto hubiera funcionado mejor en formato de serie, como le sucede a muchos films ómnibus: compendios de relatos independientes o enlazados por una idea, bajo una o varias firmas, que tuvieron su auge en los ’60 y que en Argentina tuvieron su última gran marca con Relatos salvajes. En este tipo de películas es casi imposible que todos los segmentos mantengan el mismo nivel creativo, algo que también ocurre aquí.

Cohn y Duprat llevan al extremo la fórmula, entregando dieciséis relatos protagonizados por Guillermo Francella, con maquillaje y prótesis para cada personaje, pero siempre bajo un mismo registro actoral. Entre las criaturas que desfilan aparecen un vigilante de garita afortunado, un criptobro ostentoso, un padre de familia rodeado de hienas, un cura villero, un director de cine caprichoso, un arbolito de la calle Florida y un abuelo tilingo. Este último, en particular, ejemplifica bien las falencias del film: carente de tensión narrativa y con un final previsible que anula cualquier destello de humor.

En general, hay una falta de gracia que se vuelve más evidente en los relatos breves, como el del relator de fútbol o el del presidente de la Nación, que parecen sketches descartados de un viejo programa de televisión. Algunos segmentos funcionan mejor, como el del vigilante y su noche de suerte, que aprovecha con ingenio el fuera de campo y escapa a lo obvio. Pero por cada acierto llega un tropezón: el episodio del padre que lleva a su hija a Ezeiza parece diseñado para mostrar la mayor cantidad de marcas comerciales en pantalla, batiendo un récord de “chivos” que eclipsa a cualquier cameo.

El último cuento transcurre en Italia, un guiño a clásicos como I mostri, de Dino Risi, que retrataban con acidez los usos y costumbres nacionales. Habrá que ver si Homo Argentum logra convertirse en una commedia all’argentina o si quedará como un producto celebrado sobre todo por quienes ven en él la validación cinematográfica de un arquetipo nacional cínico y sin escrúpulos, útil para una narrativa política que confunde picardía con virtud.

Con información de Página 12

Publicado en lanuevacomuna.com

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