En tiempos de la colonia, Laguna de los Padres fue una reducción jesuítica.
Entre 1735 y 1752, la región en la que se encuentran la Laguna y la Sierra de los Padres fue parte del territorio bajo dominio del cacique Cangapol, llamado «El Bravo» por los invasores españoles. Perteneciente a la etnia de los puelches o «serranos», Cangapol tuvo etapas de buena vecindad con algunos religiosos, pero nunca con «los españoles, de quienes hemos recibido muchos agravios en todos tiempos».
El guardaparques Daniel Méndez resume en pocas palabras el recorrido que se ofrece al turista, a media hora de viaje desde la ciudad de Mar del Plata: «El circuito empieza en la laguna, que incluye la reserva jesuita y el Museo José Hernández, y luego sigue en Sierra de los Padres, con el minizoo, la gruta de los pañuelos, la hotelería y los restaurantes» (ver aparte).
En la laguna se puede pescar durante casi todo el año –el único período de veda es entre el 1º de noviembre y el 1º de diciembre– y la presa favorita es el pejerrey. Los pescadores pueden tirar sus líneas en la orilla o internarse en botes a remo o en lanchas con motor eléctrico, únicamente.
Méndez cuenta que a la laguna llegan golondrinas en noviembre y se van a fines de enero, y que ellos, los guardaparques, también intervienen en el cercano Atlántico, donde con frecuencia aparecen pingüinos empetrolados y víboras que llegan del Brasil. Las capturan y las entregan a las autoridades, que las destinan a algunos de los varios zoológicos que hay en la zona. Entre los pájaros locales, su preferida es la jacana, un tipo de gallareta multicolor que cuando abre las alas para emprender el vuelo «parece un arco iris».
En la reconstruida Reducción del Pilar, la capilla permanece con una luz tenue que permite observar en detalle el pesebre «traído este año desde el Vaticano», informa Mónica, que vende artesanías y recuerdos religiosos. Las construcciones actuales, realizadas bajo la dirección del arquitecto Guillermo Furlán respetando la idea original, son tres, además de la capilla.
En el epitafio colectivo se lee: «Y cuando ya mi tumba de todos olvidada no tenga cruz ni piedra que guarde su lugar, cuando en la tierra sienta el golpe de la azada, entonces mis cenizas, volviendo de la nada, saldrán de mi sepulcro los campos a alfombrar». Es una estrofa del poema escrito en 1896 por el héroe nacional filipino José Rizal, poco antes de ser ejecutado por las autoridades coloniales españolas en su país, acusado de formar parte de la guerrilla que peleaba por la liberación nacional.
En la reserva llegaron a vivir cerca de 1200 puelches («gente del este»), hasta que llegaron las huestes del general Julio Argentino Roca. En el siglo XIX proliferaron las estancias y en 1844, a los 9 años, tras la muerte de su madre, en la Laguna de los Padres se instaló con su padre José Hernández. Dicen que el autor del Martín Fierro «se hizo gaucho» en este lugar y aprendió a realizar las faenas rurales.
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