Enamorados de Costa Bonita
Un grupo de vecinos del paraje, que viven en forma permanente, contaron por qué eligieron residir todo el año en ese lugar alejado de la costa quequenense
Los paisajes entre dunas y campos sembrados, la vegetación costera, el mar y sus sonidos, el silencio en las noches, son los principales atractivos del paraje en el que residen de manera estable unas 56 personas. Algunos eligieron el lugar para vivir de forma más tranquila que en una ciudad y en contacto con la naturaleza, también por cuestiones de salud. Otros porque pasaron muchos veranos en Costa Bonita y, ahora, decidieron radicarse en el balneario.
La urbanización cuenta con electricidad, alumbrado público, policía, una escuela, posta sanitaria y un mercado-despensa, que está abierto todo el año. Aunque en el invierno, en comparación con el verano, el paraje parece desierto pero sus habitantes estables le dan vida al agreste balneario.
Costa Bonita cuenta con casas sencillas, que emergen de la nada entre un paisaje agreste y de calles serpenteantes, donde es muy fácil perderse. Aunque el mar siempre sirve de referencia al visitante. Tierra adentro, entre dunas y vegetación, los modestos edificios costeros también son minimizados por la presencia de la naturaleza.
Mabel Andrade hace cinco años que se instaló en forma, casi definitiva, en Costa Bonita. Tiene una casa en el paraje desde hace 35 años y que usaba para veranear junto a su esposo y su hijo.
«Siempre decía que me quería venir a Costa Bonita y hace cinco años que estoy acá. Mi hijo me apoyó en mi decisión pero me dijo que aproveche ahora porque todavía puedo caminar», contó Mabel.
Una vez jubilada y viuda se animó a dejar su residencia en Buenos Aires y trasladarse a Costa Bonita. «Me encanta este lugar lo amo», señaló.
Osvaldo Iannantuono era otro asiduo visitante del balneario pero desde que se jubiló se siente un residente más del paraje.
Para el verano
«Compré un departamento, a través de un primo que era consorcista de uno de los edificios. La constructora había quebrado y los consorcistas siguieron con la construcción», recordó.
«Me ofrecieron y compré porque el lugar me gustó», indicó Osvaldo que desde 1962 elige Costa Bonita.
Osvaldo, que ya está jubilado, vive entre Buenos Aires y Costa Bonita, pasando grandes momentos de su tiempo, a pesar del invierno, en el balneario quequenense.
«Acá hay tres generaciones de personas que conocen Costa Bonita, que heredaron casas o departamentos y que vivieron momentos de su vida acá», dijo Laura Berzioli, que reside hace seis años en el paraje pero que concurre desde hace 50 años al balneario.
«Mi mamá vivió 20 años acá, mi hermana nació en Necochea. Tuvieron el primer bar de la playa», contó Laura que terminó la escuela primaria en Costa Bonita y no volvió más al paraje por muchos años.
«No había luz eléctrica ni camino de la costa. Era una maravilla pero era ser pionero», recordó y acotó que «ahora elegí este lugar».
Otro que conoce desde niño Costa Bonita es el almacenero Jacinto Iannarelli. Llegó a Costa Bonita a fines de 1949, cuando tenía apenas un año. Su familia es la que puso el primer almacén del barrio.
Jacinto nació en Italia y su familia se instaló en Costa Bonita. Sus padres vendían verdura con un carro.
La Escuela de Costa Bonita data de 1956 y le debe mucho al padre de Jacinto, que prestó su casa para la instalación del ámbito escolar.
Hoy a la Escuela Primaria, que tiene doble escolaridad, concurren la mayoría de niños de Necochea y de Quequén, que son transportados en tres colectivos aportados por el Concejo Escolar y que también les sirven a los vecinos del barrio para movilizarse.
Oscar Sánchez aunque está jubilado en un cargo tiene otro en la Escuela de Costa Bonita.
A Sánchez le gusta Costa Bonita porque posee ciertas características de la localidad de Lima, donde vivía anteriormente.
En 2005 compró un departamento en Costa Bonita porque le gustó el lugar. «Prefiero estar acá es un sitio muy tranquilo», contó.
Cuestión de salud
Andrea contó que su marido Roberto tuvo que mudarse de Buenos Aires por cuestiones de salud. «Me llevó a Mar del Plata, Balcarce, Tandil, como lugares para instalarnos pero me mostró acá y me gustó», recordó Andrea y acotó que «es un lugar muy tranquilo no se escuchan ruidos a autos».
«Al principio cuando vinimos no podíamos dormir porque el lugar era muy silencioso. Acá te levantas con el ruido de los pájaros», señaló Roberto.
Roberto Bouzo se instaló en Costa Bonita luego de un problema de salud, que le obligó a encontrar un sitio más amigable y tranquilo para vivir. Después de una larga búsqueda, por varios sitios del país, eligió el paraje quequenense.
Sin embargo, Costa Bonita no le era desconocida. Roberto contó que su papá tenía un departamento y que concurría al balneario desde los 13 años. Cuando Roberto enfermó tuvo que buscar un lugar para desenchufarse y descansar.
Tras una intensa búsqueda, Roberto volvió a visitar el departamento de su padre en Costa Bonita. Una vez que decidió instalarse en el paraje, compró una casa, donde actualmente vive.
«Cuando vinimos a visitar a mi papá mi mujer me dijo que le gustaba este lugar para vivir. Le expliqué que en verano era muy lindo pero que tenía que conocerlo en pleno invierno, cuando no hay gente», recordó Roberto.
Hicieron la prueba en pleno julio y, a pesar del viento y la lluvia, Andrea no se desalentó. Finalmente, se instalaron en Costa Bonita. En la tranquilidad del paraje, Roberto pudo recomponerse de sus dolencias y ahora no quiere irse de Costa Bonita. ///
Lejos de todo
«Uno se acostumbra a vivir alejado del centro sólo hay que organizarse», opinan los residentes de Costa Bonita.
«La gente que no ha vivido desde niño este lugar pero que le gusta y viene es porque este es un sitio rústico y tranquilo a 10 kilómetros de una ciudad como Necochea y que, con estas características, no es fácil de encontrar», dijo Laura.
«Hoy cuando vamos a Buenos Aires nos resulta abrumador y nos ponemos nerviosos», indicó Roberto.
Por su parte, la vecina Mabel remarcó que «es increíble como uno se acostumbra a esta tranquilidad, a no tener que estar cuidándose de la cartera y de otras cosas que pasan en las ciudades grandes».
Hace muy poco se inauguró una posta sanitaria. El paraje también cuenta con una escuela a la que concurren niños de Necochea y Quequén. Muy pocos son de Costa Bonita.
Las calles de Costa Bonita están transitables, ya que cuenta con mucha tosca. Pero suelen mantenerse con algunos pozos.
Jacinto Iannarelli marcó que antes los caminos eran muy inestables y cuando llovía los pocos habitantes del paraje quedaban aislados. ///
Un barrio tranquilo
El barrio es tranquilo aunque de vez en cuando hay algunos robos en casas desocupadas durante casi todo el año.
Los vecinos más antiguos del barrio cuentan que muchos matrimonios jóvenes vienen a vivir con sus hijos muy chicos a Costa Bonita pero que tienen sus trabajos en Necochea.
Pero en general, la gente que habita el paraje ya tiene a los hijos grandes y hacen sus vidas en otros lugares. Otros necochenses, utilizan el paraje para pasar el fin de semana.
Roberto destacó que «en el verano los niños andan solos por acá. Los veraneantes están tranquilos y pueden venir con el perro, el cuatriciclo, con todo».
Sin embargo, la playa parece ser una deuda de Costa Bonita. Sus primeros pobladores hablan de una hermosa costa con arena que, de a poco, se fue deteriorando. También los espigones y la infraestructura cercana al mar.
«Antes había una playa hermosa y se podía pescar, había de todo», recordó Osvaldo y contó que «de las piedras se sacaban cangrejos y ahora no hay nada de eso».
Por eso, la planta de efluentes cloacales es una necesidad que hicieron notar los habitantes, para mejorar el medio ambiente y las costas quequenenses. También tratar de frenar la erosión costera y el arreglo de los espigones de Costa Bonita, figuran entre las principales preocupaciones de los vecinos. ///
El impulso del fundador
A mediados de la década del ´40 el empresario capitalino Mario Corte había comprado varias hectáreas frente al mar para impulsar el balneario al que denominó Costa Bonita.
Corte se encargó de forestar el paraje, construir la hostería «Canción del Mar» y administrar el loteo a través de la empresa «La Gran Master Rural». Emprendimientos similares había llevado a cabo en Córdoba y en Monte Grande.
Eran los primeros pasos de la empresa Gran Master Rural de Mario Corte. El empresario había construido, en un principio, un total de cinco chalet en el paraje y donó el lugar donde hoy funciona la Escuela Nº 41. Al tiempo, se levantaron los edificios «El Oceánico» y «El Atlántico».
El acceso a Costa Bonita, en aquellos primeros años, se efectuaba sólo por la ruta 88. En ese lugar, el emprendedor Mario Corte había hecho colocar un cartel que indicaba: «La fabulosa Costa Bonita».
La naturaleza agreste de Costa Bonita era uno de los grandes atractivos para Mario Corte, mentor del balneario. Allí, el empresario soñó con hacer una villa con características diferentes pero manteniendo la particularidad del ambiente.
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