Un bosque costero, una reserva ecológica, una comunidad rural tranquila. Todo eso convive en el partido de Lobería, más precisamente en la desembocadura del arroyo Malacara, dentro del área protegida Centinela del Mar, un paraíso natural de biodiversidad. Allí mismo, se instaló una plataforma de lanzamiento de cohetes ultralivianos perteneciente a la startup tecnológica Tlon Space, una empresa privada que promete innovaciones en la carrera aeroespacial argentina.
Pero el entusiasmo inicial por el “evento científico” empieza a chocar con interrogantes más profundos: ¿qué riesgos implica esta actividad en una zona residencial, rural y ecológicamente sensible?
Un cohete entre la vida silvestre
La empresa, liderada por el CEO Pablo Vic, sostiene que el impacto ambiental es “mínimo”, ya que utiliza un combustible híbrido sin huella de carbono. Sin embargo, la comunidad local no ha sido debidamente informada sobre los protocolos de seguridad ni sobre los potenciales efectos colaterales que podría tener una actividad de tal magnitud en un ecosistema frágil.
Tampoco se ha establecido una comunicación clara con los vecinos, la prensa o las instituciones educativas cercanas, como la escuela rural ubicada a pocos kilómetros de la zona de operaciones.
A 15 km del puerto y sin controles públicos
Lo que genera mayor inquietud es la proximidad de la plataforma a estructuras críticas. A diferencia de otros países donde las zonas de exclusión para lanzamientos espaciales suelen comenzar a 50 kilómetros de distancia, en este caso el emplazamiento está a tan solo 15 o 20 km del puerto Quequén, una de las terminales agroexportadoras más importantes del país, con tráfico constante de buques, plantas aceiteras y silos.
Un antecedente que nadie explicó
En 2022, un incidente poco difundido dejó huella: trabajadores rurales encontraron un cráter de tres metros y restos de un cohete en la estancia «La Mora», a unos 10 km del lugar de lanzamiento actual. En las imágenes captadas por celular, se observa claramente el nombre del proyectil: “Aventura”, uno de los modelos experimentales de Tlon Space.
Los peones afirmaron que, de haber caído en una temporada más seca, podría haber provocado un incendio de magnitud. También señalaron que el cohete no habría logrado despegar correctamente, y los restos metálicos retorcidos refuerzan la hipótesis de una explosión parcial o un fallo técnico durante el ascenso.
Pese a la gravedad del episodio, no hubo declaraciones oficiales, ni intervención pública, ni mucho menos comunicación con la población.
¿Ciencia o impunidad privada?
La pregunta de fondo no es si el desarrollo tecnológico debe avanzar —porque nadie discute su importancia—, sino bajo qué condiciones y con qué controles. En este caso, una empresa privada opera con total discrecionalidad en un territorio que es reserva natural, zona habitada y núcleo productivo estratégico.
El hermetismo de Tlon Space y la falta de regulación estatal despiertan una preocupación legítima: ¿quién se hace cargo si algo sale mal?
Mientras tanto, la comunidad de Lobería observa con asombro cómo la ciencia aeroespacial irrumpe en su paisaje cotidiano. Pero lo que debería ser un símbolo de progreso, hoy también se percibe como una amenaza invisible y silenciosa.
Nahuel Barros/
La Nueva Comuna