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LA ERA MILEI

Inflación, FMI y elite financiera: condicionamientos y endeudamiento en un gobierno en caída

El gobierno reanudó su vínculo con el Fondo Monetario Internacional mediante un nuevo acuerdo de deuda que supone devaluación, recorte del gasto público y ganancias para el sector financiero. Con la promesa de estabilidad como estandarte, se reedita una estrategia que ya fracasó, dejando como saldo más inflación, degradación social y una economía subordinada a intereses especulativos. Las imposiciones de Washington, una vez más, marcan el rumbo.

Otra vuelta de tuerca

La gestión de Javier Milei dio inicio a un nuevo capítulo de endeudamiento externo con el FMI. Es el programa número 23 desde la creación del organismo en la posguerra, diseñado por las potencias vencedoras del hemisferio norte para mantener bajo control —y en condición periférica— a los países exportadores de materias primas.

Como resultado de esa dependencia estructural, Argentina continúa por debajo de su potencial, con un entramado de carencias: infancia con hambre, familias vulnerables, trabajo informal y jubilaciones de subsistencia.

A pesar de ese pesado antecedente, el Ejecutivo festejó con euforia el acuerdo con el Fondo, que busca dar oxígeno a un plan económico debilitado.

Devaluar, ajustar y prometer

El entendimiento, celebrado con entusiasmo por el presidente, el ministro de Economía y “Timba” Luis Caputo, prevé un desembolso inicial de 15.000 millones de dólares, dentro de un programa total de 20.000 millones. Este compromiso trajo consigo una devaluación del tipo de cambio cercana al 30% —con la consecuente pérdida del poder adquisitivo— y el compromiso de aplicar nuevos recortes fiscales y reformas estructurales en el plano impositivo, laboral y previsional.

Viejas recetas con nuevos discursos. “Es la primera vez en la historia que el FMI aprueba un programa para respaldar un plan que ya ha rendido sus frutos”, expresó Milei en cadena nacional. La escena remite a un recuerdo reciente: Mauricio Macri también utilizó la cadena para anunciar su vuelta al Fondo con un plan que terminó beneficiando a importadores, corporaciones y fondos financieros. El costo, como es habitual, fue absorbido por el pueblo trabajador.

Cepo renovado

El gobierno anunció el fin del cepo cambiario. Desde este lunes, cualquier persona podrá adquirir dólares a través de los bancos de forma digital. Sin embargo, para las operaciones en efectivo sigue vigente un tope de 100 dólares mensuales. Las empresas, por otro lado, podrán acceder a divisas para importar y girar utilidades.

En simultáneo, el Ejecutivo dio de baja el “dólar blend” para el agro, que permitía liquidar el 20% de las exportaciones al tipo de cambio paralelo. El sector agropecuario, que ya venía quejándose por la apreciación del peso, perdió así su última ventaja diferencial. Lo mismo sucede con la industria nacional, que deberá competir con productos importados más baratos en un contexto de desplome en las ventas, reducción de empleos y encarecimiento del crédito por el alza en la tasa de interés. La histórica tendencia de la burguesía argentina a privilegiar la valorización financiera por sobre la producción vuelve a repetirse: el actual experimento libertario, como otros ensayos neoliberales, pone por delante el negocio especulativo.

¿Libre mercado? A gusto del BCRA

El nuevo régimen cambiario establece una banda entre los $1.000 y los $1.400, pero con intervención discrecional del Banco Central, que podrá comprar dólares si el valor cae por debajo del mínimo o vender si supera el techo, o simplemente intervenir “cuando le parezca conveniente”. Según Caputo, el BCRA actuará “en caso de volatilidad o para acumular reservas”. En la práctica, esto se traduce en mayor venta de reservas para sostener un dólar artificialmente bajo en medio de un proceso inflacionario. Una fórmula que ha fracasado repetidamente desde la dictadura cívico-militar y que ahora se relanza con más deuda.

Más dólares, pero no para el pueblo

El nuevo acuerdo con el FMI contempla más de 23.000 millones de dólares entre aportes del propio Fondo, otros organismos internacionales (como el BID, el Banco Mundial y la CAF) y una línea REPO de 2.000 millones provista por bancos privados. Este colchón busca garantizar el pago de deuda durante el cronograma electoral y alejar el fantasma del default en 2026.

Sin embargo, esos fondos no serán destinados a infraestructura ni a mejorar el ingreso de los trabajadores. Tampoco apuntan a reactivar el consumo ni a fortalecer el entramado productivo. Están orientados casi exclusivamente a pagar vencimientos, habilitar la fuga de utilidades y facilitar el acceso al dólar para sectores concentrados. También, a reforzar la ilusión de dolarización que impulsó la campaña presidencial del oficialismo.

Inflación, ajuste y pobreza

El rumbo elegido, presentado como “Fase 3”, profundiza el sesgo especulativo del modelo económico. Se prioriza a los grandes jugadores financieros en desmedro de salarios, empleo y bienestar social.

El mismo día en que se anunciaron las medidas, el INDEC dio a conocer la inflación de marzo: 3,7%, la más alta en siete meses. En alimentos y bebidas, el alza fue del 5,9%, impactando de lleno en los sectores populares. La canasta básica alimentaria superó los $495.000, mientras que una familia tipo necesitó más de $1.100.000 para no ser considerada pobre.

El deterioro del poder adquisitivo es contundente: en lo que va del año, los salarios reales cayeron 18,5% en el sector público y 2,9% en el privado. Más de 5 millones de familias debieron endeudarse, vender bienes o usar sus ahorros para llegar a fin de mes. La deuda no es solo externa, también es cotidiana y doméstica.

En este contexto, Milei lanza una segunda devaluación antes de cumplir la mitad de su mandato. Las políticas oficiales consolidan un modelo de transferencia regresiva. Los importadores acceden a divisas a bajo costo. Las multinacionales vuelven a fugar dividendos. La banca crece como actor dominante del nuevo esquema financiero. En contraste, la industria pierde terreno, el empleo formal se precariza, el salario se reduce y los jubilados sobreviven con ingresos de indigencia tras haber aportado el 19% del ajuste fiscal.

Milei, entre tropiezos al leer su discurso, aseguró que el nuevo entendimiento representa un salto hacia “la estabilidad”. Pero los antecedentes y las condiciones apuntan en sentido contrario: la apertura cambiaria se cubre con deuda, la deuda exige más ajuste, el ajuste golpea la demanda y genera recesión, la recesión baja la recaudación, y el déficit se tapa con más deuda. Un ciclo conocido, repetido por un presidente que se presentó como “la novedad”.

Boomerang discursivo

“Tener que recurrir al FMI solo deja en evidencia el rotundo fracaso del Gobierno. Argentina, un país”, escribió Manuel Adorni en marzo de 2020. Esa frase, que entonces criticaba al kirchnerismo, hoy vuelve como búmeran contra el actual vocero presidencial y candidato del oficialismo en CABA. ¿Cómo impactará esta contradicción en el electorado libertario? La clase política suele no pagar el precio de decir una cosa y hacer otra. Pero la sociedad, que tolera ciertas mentiras, muestra cada vez menos paciencia ante la falta de resultados. Los últimos dos presidentes —Macri y Fernández— no lograron la reelección por no revertir la crisis material que afecta a las mayorías.

A merced del imperio

Todavía no se conocen con claridad las exigencias concretas del FMI. Pero es evidente que el organismo opera como instrumento geopolítico de Estados Unidos. Los casos recientes en Ucrania y El Salvador muestran condiciones cada vez más gravosas. Bukele, por ejemplo, aceptó convertir a su país en un centro de detención para inmigrantes deportados desde EE.UU. A cambio, recibió apoyo financiero. Ucrania, por su parte, comprometió parte de sus recursos estratégicos para acceder a fondos del Fondo.

No es posible saber con exactitud qué pidió Washington a cambio del préstamo argentino, pero se especula que las condiciones llegarán con la visita de Scott Bessent, actual secretario del Tesoro. Lejos de ser un funcionario anodino, Bessent celebró en una entrevista reciente el atentado a un gasoducto europeo, sugiriendo incluso que pudo haber sido obra de EE.UU. Las nuevas derechas no disimulan el cinismo.

Milei, fan declarado de Trump, se entrega dócilmente a un vínculo de subordinación. La diplomacia del despojo avanza con la ayuda de dólares frescos y una oposición concentrada en disputas internas. Sin embargo, las encuestas comienzan a reflejar una sociedad decepcionada, que transita del entusiasmo inicial al hartazgo. Mal augurio para un gobierno que apostó todo al capital financiero y al oxígeno envenenado del FMI.

Con información de El Destape

Publicado en lanuevacomuna.com

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