Sáb. Ago 13th, 2022

Si Evita los viera… ¡Mamita…! ¿Y si Trotsky viviera…? – Por Juan Chaneton

Juan Chaneton sostiene en esta nota que el mensaje implícito de Cristina Fernández en Avellaneda fue que no es nada progresista defender la existencia de la Argentina ayudadora sin decir, simultáneamente, que el empresariado de este país es corresponsable de la desocupación y de la miseria creciente. Chaneton agrega que Eduardo Belliboni y el Movimiento Evita son lo mismo en el punto de su interés por conservar un modo de administración de la crisis social.

Por Juan Chaneton*

Menos mal que San Martín no esperó que la “relación de fuerzas” le sonriera para decidirse a cruzar la cordillera, dijo Cristina. El proletariado se fortalece luchando y se debilita cuando no lo hace, decía Karl Marx. Aire de familia, ahí.

Es posible pero no probable que Cristina haya recordado, en el momento en que decía eso, un diálogo entre Perón y Gómez Morales:

Perón: Sí, ya sé que Miranda en algunas cosas chapuceaba bastante, pero, dígame (dirigiéndose a Gómez Morales), si yo lo hubiera llamado a Ud. en 1946 y le hubiera dicho que había que hacer esto, que había que nacionalizar el Banco Central, que había que nacionalizar los depósitos, etc., Ud., funcionario de carrera, ¿qué hubiera contestado?

Perón: ¡Ah!, eso me pasó con muchos, Miranda dijo que sí, que se podía hacer y ése es el mérito de Miranda… (v. De la bonanza peronista a la crisis de desarrollo; Pablo Gerchunoff y Damián Antúnez; en https://www.fhuc.unl.edu.ar/olimphistoria/paginas/manual_2009/docentes/modulo2/texto5.pdf).

No es probable que lo haya pensado en ese instante, digo, pero el caso es que el planteo de Cristina fue ideológico, como también lo fue el de Perón. Nadie regala nada, sobre todo en política, y si te regalan algo es probable que lo hagan después de haber comprendido que para ese gobernante disruptivo, el miedo no es una visión del mundo. Esta viene a ser la moraleja, la esopiana moraleja.

El caso es que, después del «Programa de Avellaneda» que esbozó Cristina el lunes 20 de junio, y durante los días sucesivos, todos los canales de la derecha se dieron a la urgente tarea de invitar a los titulares del supuesto saber para que hicieran aquello que superaba con holgura a los lenguaraces que conducen los paneles top: refutar a Cristina. Así, Melconián, López Murphy y semejantes vocearon, invitados de apuro por Clarín y La Nación televisora color y sin rubor, que el déficit fiscal tiene la culpa de todo y que ese déficit existe porque «el populismo» lo trae en sus genes. Es decir, dijeron lo opuesto a lo que dijo la líder continental.

Pero Alberto cree otra cosa. Con Alberto hay inflación y con Guzmán perdemos la elección. A Alberto sólo la Corte Suprema le puede resolver el “problema” Cristina. Pero, de ese modo, estamos en el horno. Nosotros, no Alberto. Él va a volver a su módica riqueza, como el pobre a su pobreza, sólo que aquí no se trata de una fiesta como esa que cantaba Serrat.

El mensaje implícito de Cristina en Avellaneda y para el día de la bandera, fue que no es nada progresista o de avanzada defender la existencia de la Argentina ayudadora sin decir, simultáneamente, que el empresariado de este país es corresponsable de la desocupación y de la miseria creciente. No es progresista ni de avanzada defender a un gobierno con el argumento de que la derecha podría ser peor cuando ese gobierno está quedando en evidencia con demasiadas asignaturas pendientes.

Se vienen las elecciones y el punto es reelección o inflación. Las dos cosas no se puede porque no da «la relación de fuerzas». Pero, además, los planes sociales, su existencia y modo de gestión, encubren una diferencia de fondo. Ni Navarro, ni Pérsico, ni Belliboni entienden ni quieren entender nada de «patria grande latinoamericana», ni de «socialismo del siglo XXI», ni de multipolaridad antiimperialista en lucha geopolítica y geoestratégica con el hegemonismo norteamericano. La líder continental sí, pues ella procede de otros fuegos, de otra ideología, de otros valores, de otra weltanshauung, en suma. De modo que es otra cosa lo que subyace en la pelea que se reconfiguró en la coyuntura como eco inevitable del reciente discurso de Avellaneda. Habla Cristina y los deja a todos, a la derecha y a la izquierda, rezongando a coro.

Y -como decimos-, además de los empresarios y su parte de responsabilidad, también los planes, los planes sociales y su burocracia dirigente. Aventurero o militante, planteó Sartre en las Situations VI. Y de eso se trata. Aquel militante del siglo XIX era eso, un hombre consciente que hacía una opción ingresando al partido, al sindicato o al grupo anarquista, orgánicas que, recurrentemente, Belliboni, equipara al Polo Obrero.

Pero ese obrero que cobraba de una patronal burguesa que lo explotaba, ese obrero para el que la fábrica era el micromundo cotidiano en el cual ponía los ladrillos para edificar un mundo nuevo, ese obrero cotizaba en forma consciente y voluntaria para hacer política militante junto a su partido, sindicato u organización. Y se equivoca Belliboni cuando asimila aquel obrero de aquel siglo XIX a este «lumpenproletariado» (la expresión es de Marx) del siglo XXI.

El caso es que si un partido obrero necesita dinero para financiar su línea política de masas, pues que ese dinero lo ponga el partido. Si el partido es pobre, pues entonces que se inserte en la clase obrera, sobre todo si ha tenido más de medio siglo para hacerlo, pues así, el obrero ocupado y en blanco podrá cotizar para la “revolución socialista internacional”. Si ese partido no tiene en las fábricas más inserción que Pichetto entre los mapuches, pues entonces que no someta al desocupado a la condición de sostén de unas políticas que ese desocupado no entiende, ni quiere, ni necesita, ni le importa entender y en las que no participa ni en su elaboración ni siquiera a través de la lectura de la prensa partidaria. El que negrea de ese modo hace eso, negrea, y se está autofinanciando con el dolor y el sufrimiento del pueblo zaherido por el capitalismo. El que hace eso no hace lo mismo que el partido del siglo XIX, que obtenía del militante consciente una exacción para sostener al «estado mayor de la revolución», que era como Lenin llamaba al Partido Bolchevique. La conciencia (que nace de la situación material concreta) es lo que hace la diferencia. Y la moral. Con revolucionarios como estos revolucionarios argentinos, no quejarse, después, de las inconsecuencias de ciertos progresistas. Belliboni y el Movimiento Evita son lo mismo en ese punto, en el punto de su interés por conservar un modo de administración de la crisis social. Pero lo cierto es que el desocupado que vive en la villa o en cualquier punto del conurbano, hará mejor negocio si su plan se lo da el intendente que la «organización social», porque el intendente está en la mira y no puede quedarse con ningún «diego». Cuando Belliboni hace lo mismo que el Chino Navarro o que Pérsico entramos de lleno, ya, en otro espacio: el de los que, consciente o inconscientemente, reproducen las lógicas de poder que dicen combatir.

Apagar incendios para que el sistema político no colapse ha sido el resultado objetivo de unos peronistas insanablemente anacrónicos tanto como de unos «revolucionarios» trotskistas que conservan en sus genes el mencheviquismo del Trotski juvenil. Que los bomberos empiecen a ser los intendentes no solucionaría el problema de la miseria, claro está, sino que sólo y apenas eliminaría el colchón de protección con que cuenta la primera trinchera del sistema político, dejando así a la intendencia cara a cara con ese pueblo que ahora, directamente, le pedirá cuentas y que, de ese modo y al no obtener ni Memoria ni Balance algunos, podrá empezar a comprender que el capitalismo tiene sus límites en materia de calidad de vida y de derechos sociales. Poco a poco, el problema dejaría de ser social y pasaría a ser político porque la discusión empezaría a girar en torno del poder, del poder del Estado, en el conurbano y, más allá, en el país. Pero, caramba, ¡esto es un «programa de transición»! ¡Oh…!, sí, tal vez lo sea. Entonces, si Trotski viviera… ¿qué diría…?

Análisis concreto de la situación concreta, decía Lenin. Y no perderse en abstracciones y doctrinarismos inconducentes, que eso es el trotskismo. Y menos mal que no crecen, desde hace más de medio siglo, en ninguna parte de la vasta geografía latinoamericana. Pues si «tomaran el poder» deberían ejercerlo contra Estados Unidos, contra Europa, contra Japón, contra Cuba, contra Venezuela, contra Nicaragua, contra Rusia, contra China, estos últimos, procesos revolucionarios a los cuales han calumniado oportunamente y de los cuales abominan… en línea con el gran enemigo de esos procesos.

En tanto, ella habla y parece decirnos cuando habla: Seré yo, será el silencio, allí donde estoy, no sé, no lo sabré nunca, en el silencio no se sabe, hay que seguir, voy a seguir… Es lo que dijo Beckett en El Innombrable.

Macri nunca me remite más que a la revista Olé…

Buenos Aires, 27 de junio de 2022.

*Abogado, periodista y escritor.

Publicado en lanuevacomuna.com

Deja un comentario


Soporte Wordpress por Efemosse y Alipso