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La violencia, aunque sea simbólica, no deja de ser violencia
“¿Qué significa una frase? ¿Habría una continuidad entre una sentencia lingüística y un efecto real? ¿Entre la carne y el habla? Si la hay, hablar es peligrosísimo; si no la hay, hablar es inane. No pueden ser ninguna de las dos cosas, ni la extrema literalidad ni el estado metafórico de ausentismos permanentes de hechos”.
En “Perón. Reflejos de una vida”, el sociólogo y escritor Horacio González estudia el impacto que el discurso del General pudo haber tenido en el devenir de los acontecimientos de la historia argentina.
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La inquietud no es nueva y se han generado ríos de tinta alrededor de ella. De 1974 a esta parte el peronismo ha vivido preguntándose qué hubiera pasado si aquel 1º de Mayo Perón no hubiera decidido llamar de “estúpidos” e “imberbes” a los Montoneros o si lo hubiera hecho en otras circunstancias.Circula inclusive el rumor de que, al terminar su discurso y notar las consecuencias generadas por el mismo (la juventud dejando la Plaza de Mayo), el dirigente comentó que se le había “ido la mano”.
Pero la historia está en cierto modo escrita y aquellas fatídicas frases, pronunciadas en un momento, un lugar y un contexto determinados, impactaron fuertemente en la realidad y dieron paso a un determinado devenir histórico. Décadas después, Perón carga aún con esa responsabilidad.
El caso sirve sólo a la luz de reflexionar acerca de la profunda dimensión ética del lenguaje, es decir, sobre la capacidad siempre latente que el lenguaje tiene para fundar y construir realidades y, por ende, en torno a la responsabilidad con la que potencialmente cargan aquellos que deciden realizar determinados enunciados en un tiempo y espacio particulares.
Antes de proseguir es necesario hacer énfasis sobre los conceptos de “latencia” y “potencialidad” para evitar confusiones y no abogar a la idea de que existe una relación de determinación del lenguaje sobre la realidad.
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“Las palabras (…) son menos y más que la realidad. Lo primero, porque su cuota de gratuidad puede hacerlas inofensivas, no encontrar su objeto. Lo segundo, porque repentinamente quedan grávidas y cargarán sus propias acciones, asombrosamente parecidas a lo que enunciaban”, clarifica en este sentido González.
Es decir que las palabras no se convierten necesariamente en realidad, pero conllevan en sí mismas el riesgo de serlo.
Durante la tarde del martes 20 de Enero de 2015 se hicieron públicas a través de las redes sociales una serie de fotos tomadas por el Movimiento Argentino de Fotógrafos Independientes Autoconvocados (M.A.F.I.A).
Dichas imágenes fueron tomadas en la manifestación realizada el día de ayer en Plaza de Mayo luego de la muerte del fiscal Alberto Nisman. Si bien la movilización tenía como supuesto objetivo solicitar el esclarecimiento del caso y reclamar “verdad” y “justicia” (quedará para otra oportunidad la pregunta acerca de qué verdad y qué justicia se buscaban en aquella plaza), hubo quienes encontraron la oportunidad para expresar sus deseos de muerte a la Presidenta de la Nación.
“Muerte a la cretina”, “Morite, yegua”, rezan los carteles sostenidos con liviandad por algunos ciudadanos.
Lo primero que recordé al mirar las fotografías fue una sabia recomendación que algún día mi madre me hizo: “no le desees la muerte a nadie porque si después sucede te vas a sentir culpable”.
Eso no evitó que yo continuara manifestando alguna que otra vez un deseo de esas características, pero sí aprendí una cosa: debemos hacernos cargo de lo que decimos. Nunca dejé de desear, pero deseé con conciencia de lo que mis pulsiones pueden llegar a generar.
Esta anécdota individual, llevada al plano de lo social, no hace otra cosa que agravar la situación. ¿Somos verdaderamente concientes como sociedad de lo que nuestras palabras pueden generar? ¿De las posibilidades que pueden abrir? ¿Estamos preparados para hacernos cargo?
“Las palabras importan esencialmente cuando se les reconoce el peso práctico del que pueden estar grávidas”, describe el sociólogo en el ya citado libro.
Los argentinos debemos entonces reconocer el peso práctico de nuestras palabras, sobre todo en un contexto en el que se nos habla de “crisis de las instituciones” y de una “República y una democracia débiles”. ¿Qué será mejor para la democracia entonces? ¿Matar a un presidente o relevarlo de su cargo a través del voto popular?
¿No nos resulta al menos curioso el hecho de que se nos intente convencer que nuestra democracia es débil? ¿No hicieron lo mismo los operadores políticos que ayudaron a construir una opinión pública favorable a la intervención militar en la Argentina?
El lector me podrá decir que es sólo una metáfora aludiendo a ese costado siempre inocente del lenguaje. El problema es que vivimos en un contexto político que de inocente poco tiene, en el que se juega seriamente el destino de nuestro país, al menos por los próximos cuatro años, y sobre el cual los agentes del descarnado imperialismo tienen siempre su mirada puesta.
El problema es que esos carteles se hicieron públicos en un momento y un lugar y no en otros. El problema es que la violencia, aunque sea simbólica, no deja de ser violencia. Y la violencia horada nuestra democracia, no la fortalece.
“Todas las palabras son riesgosas y de algún modo todas son sangre derramada”, advierte González.
Sin embargo, aclara que está en nosotros la capacidad de “romper la comunión del sinónimo entre hablar y actuar y reconocer el estado práctico de metáfora alojado en toda locuacidad”.
“Si las palabras son mitos de gravedad inusitada y no simples etiquetas comunicativas (…) hagámonos fuertes en la convicción de que (…) retienen para sí una cuota efectiva de responsabilidad que surge de una pesadilla de símbolos. Es la que podrá luego convertirse en el advenir de la trama efectiva de la historia”, agrega.
Una vez concientes de todo esto, bienvenida sea la libertad de expresión.
FUENTE: GONZÁLEZ, Horacio, “Perón. Reflejos de una vida”. Buenos Aires, Ediciones Colihue, 2007. Págs. 38 y 39.
IMAGENES: GENTILEZA COLECTIVO M.A.F.I.A.
Johanna Radusky / LANUEVACOMUNA.COM


