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«MATEN AL RUGBIER»: CUANDO LA ULTRADERECHA ARRASO CON UN EQUIPO ENTERO DE RUGBY DE LA PLATA

“Maten al rugbier”, del periodista Claudio Gómez, reconstruye una historia de militancia y camaradería, búsquedas e identidades para dar cuenta de la desaparición y asesinato de los 20 jugadores de La Plata Rugby Club entre 1975 y 1978. Adelantamos una parte del primer capítulo, donde se cuenta la historia de Hernán Rocca, acribillado de 21 balazos por la fuerza paramilitar de ultraderecha CNU (Concentración Nacional Universitaria).

Hernán Rocca es uno de los pocos jugadores de LPRC que este 27 de marzo transpira las canchas del predio de Gonnet. Sus compañeros de equipo están en medio de una gira de cuarenta días por Europa, pero él eligió quedarse. Dice que prefiere meter materias para terminar Medicina lo antes posible y casarse con Adriana. El plan va bien: a la mañana aprobó Patología con nueve y se sacó de encima una de las materias más pesadas del tercer año de la carrera. Por eso Hernán está de buen ánimo y no le importó entrenarse casi en soledad. A la noche, además, tiene un asado con un grupo de amigos en Gonnet, cerca del club. No es un día para estar pendiente de unos desconocidos, un Torino y una filmadora.

Hernán llega con las dos chicas: Adriana, su novia, y Pola, la novia de Gonzalo Sánchez Viamonte, uno de los compañeros que está de gira en Europa. El clima del grupo es relajado, pero ellas siguen inquietas por los tipos del Torino. Hasta les pareció que cuando salieron del club los habían seguido. Pero Hernán insiste: “No se preocupen, ¿por qué nos podrían estar vigilando?”. Cerca de la medianoche, cuando del asado no quedan ni las brasas, otra vez aparece el auto, otra vez la inquietud. Y otra vez la indiferencia.

Hernán lleva a las chicas a sus casas en el Ford Falcon azul que le prestó el padre. Cuando llega a la puerta de su casa, en la calle 56 entre 5 y 6, el padre reconoce el ruido del Falcon desde adentro. “Ahí llegó Hernán”, avisa, mientras sigue con los preparativos porque tiene previsto salir para el campo en unas horas. Pero de repente se escucha una frenada, un auto que acelera, otro que hace chillar las ruedas. “No era, qué extraño”, se resigna el padre, mientras el eco de los motores se pierde en la noche platense.
Unas horas después los padres de Hernán salen para el campo. La persona más grande que queda en la casa es Marcelo, el mayor de los hermanos Rocca, de veintitrés años. Lo acompañan su esposa, de diecinueve; su hija Mariana, de siete meses, y la hermana menor, María, de quince. Cuando se levantan a la mañana, les resulta extraño que Hernán no haya vuelto. “Se habrá ido de joda —arriesga Marcelo—. Debe estar festejando que aprobó esa materia”. Cerca del mediodía la posibilidad de una noche de diversión empieza a perder sentido. Hasta que Gloria, una vecina que era como de la familia, irrumpe en el comedor:
—¡Un policía vino a avisarme que mataron a Hernán!
El anuncio paraliza a las chicas. Pero a Marcelo, no; ya que no cree la versión del policía, sino que sospecha que es una maniobra para atraparlo a él. Y tiene motivos: aunque hace un tiempo dejó la militancia, durante un par de años integró el ERP y es muy probable que haya quedado marcado. “Me están buscando a mí”, balbucea. Entonces le pide a Gloria que entretenga al policía, sube al techo de la casa y se escapa por las terrazas vecinas.
Hay algo de cierto en la sospecha de Marcelo: está marcado y lo están buscando. Pero no es verdad que la versión de la muerte de su hermano sea una estrategia para atraparlo. El policía no mintió. Hernán Rocca apareció acribillado con veintiún balazos en una orilla del arroyo El Pescado, en las afueras de La Plata, camino a Magdalena. Lo encontró un vecino de la zona: se acercó porque le llamó la atención el Ford Falcon azul con las balizas encendidas y halló el cuerpo de Hernán, tirado en el suelo y con los ojos vendados. El vecino no advirtió que no había rastros de sangre ni de cartuchos de balas, no reparó en la evidencia de que había sido asesinado en otro lugar. Enseguida fue a hacer la denuncia a la comisaría de Villa Ponzatti, un anexo de la 8.ª de La Plata.
Es la mañana del Viernes Santo de 1975. Hernán Rocca, veintiún años, estudiante de Medicina, está muerto. Es el primero de los veinte jugadores de LPRC víctimas del terrorismo de Estado.


FUENTE: infojus noticias

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