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OPINION: “TENGO MIEDO DE VOLVER ATRAS Y NO ME GUSTA” por ALEJANDRO ANDERSEN



“Doce años después sabemos que queda mucho por hacer”
Por el Prof. Alejandro Andersen
Si tengo que escribir una lista con todos los errores que cometí en mi vida habría que talar la totalidad del Parque Miguel Lillo, y eso, sospecho, sería conflictivo. Me restringiré entonces a uno de ellos, para ahorrar papel y evitar que las almas bellas tengan que abrazar arbustos.
Desde el mes de octubre de 2011 dejé de dar la pelea o dar el debate o buscar consensos (tache usted lo que no corresponda) para defender el proyecto político que abracé con creciente entusiasmo en el año 2003, abandoné la discusión y frente a quien osara cuestionar las políticas públicas ofrecí, como toda respuesta, algo así como: “54%, la tenés adentro”. La más incipiente crítica convertía a su vocero en alguien de la opo, o de la corpo, un boludo aprendiz de cipayo, un gorila desclasado y detengo aquí la enumeración porque tiemblan los arbolitos. Perdido en la filosofía del Diego no pude notar que esos otros a los que denostaba eran cada vez más, menos pude notar que algunos de ellos tenían incluso razón en sus reparos. No les di entidad y desde las alturas de la pedantería los cité a todos en la esquina de la verdad, de la única verdad, esa que, como dijo hace muchos años un general, es la realidad. En la esquina de la verdad estaban las urnas y hacia allí fuimos, ellos y nosotros, para dejar las cosas en claro, para que después vayan a llorar a la iglesia, para que sigan participando. Pero no, carajo, cuando se me dio por dejar de mirarme el ombligo me encontré con un urnazo en la mismísima jeta. Entonces, justo entonces, diría que tarde pero no demasiado, desperté del sueño en que había caído aquella dionisíaca jornada del 54%.
¿Por qué cometí semejante error? Porque me olvidé, me olvidé de mi mismo, de mi historia y de mis anhelos, por eso ahora, de cara a la segunda vuelta, a la revancha, al repechaje, quiero hacer memoria.
Los que tenemos entre 35 y 45 años, aunque nacimos en dictadura, somos hijos de la democracia. Y como seguíamos siendo pequeños, no pudimos disfrutar de todo lo que tuvo de esperanzadora la primavera alfonsinista, más bien heredamos su fracaso, que nos obligó a atravesar nuestra adolescencia bajo los designios del menemato. Nuestra relación con lo político, con lo público, con lo común, se estableció desde la desesperanza, desde la anomia, desde el cinismo. La zoncera del 1 a 1 nos hizo cínicos, los científicos conduciendo taxis nos hizo cínicos, los retiros voluntarios pagados con acciones que cotizaban en bolsa nos hizo cínicos. De golpe, todos empezamos a tener teléfono en casa, antes era imposible porque ENTEL demoraba años, ahora lo tenías tan rápido como descubrías que mejor bloquear el cero para que la factura no sea impagable.
Vimos volar la Amia y la Embajada, vimos volar Río Tercero, vimos volar más alto y más lejos los sueños y las esperanzas de nuestros padres, nuestros tios, nuestros vecinos que perdían el trabajo, que se sentían viejos a los 40, ¿te acordás del antenista?, tuvo que vender el auto.
Vimos llorar al Diego en Italia porque silbaban el himno, vimos llorar al Diego cuando los yanquis le cortaron las piernas, vimos llorar los jubilados que no podían comprar medicamentos, vimos llorar los desocupados que no podían alimentar su familia, vimos llorar a Cavallo, ese al que 10.000 dólares no le alcanzaban para vivir.
En tanto jóvenes buscamos entre los pliegues del discurso único del fin de las ideologías un lugar al que pertenecer. Como dijo León, compramos el página, leímos a Galeano, escuchamos Victor Jara. También veíamos a Lanata, sí, el mismo, solo que antes le decíamos gordo con cariño. Buscamos en el Frente Grande un lugar bajo el sol y el Chacho Alvarez se convirtió en referente. El Chacho abrazaba la doctrina del posibilismo, según la cual, los cambios a impulsar en la realidad deben tener en cuenta las condiciones objetivas y las correlaciones de fuerza de la sociedad. Lo querés más claro? El posibilismo consiste en que nada se puede. No se podían derogar las leyes de impunidad porque la sociedad tenía otras urgencias, no se podía tocar el 1 a 1 criminal porque la sociedad había comprado licuadoras en 48 cuotas, no se podía recuperar el Estado regulador porque la sociedad no estaba aún preparada para eso. Entonces repartíamos franelas (?) con el logo de la Alianza (!) diciendo que eran para “limpiar la corrupción”.
Recorrimos la educación secundaria con terror a terminarla, finalizar el secundario era sinónimo de vacío, imposibilitados de emigrar para estudiar y condenados al desempleo. Así vimos a nuestros amigos partir hacia España o Miami, algunos nunca regresaron y allí quedaron.
En la plaza de la memoria éramos como treinta, a las seis de la tarde, después de la escuela, porque el 24 de marzo no era feriado. En una de las tantas marchas contra alguno de los tantos ajustes educativos fuimos como cien, emocionante. En la carpa blanca todos fuimos docentes, también todos fuimos Cabezas (te acordás?).
Y un día Menem se fue, pero llegó de la Rúa con la misma cantinela. Había que bajar el riesgo país, entonces flexibilizamos las leyes laborales previo reparto por igual a Senadores peronistas y radicales, bajamos las jubilaciones mientras Fernandez Meijide (la que repartía franelitas) hizo funcionario a su profesor de tenis, te acordás?.
Finalmente la cosa estalló, de verdad que estalló, de la peor manera, porque desde lo alto del helicóptero el Presidente que huía debe haber visto la masacre que dejaba en tierra. Seis meses después fue mi última marcha de la bronca a Plaza de Mayo, cuando arropados por una lluvia de luto repudiamos al Presidente Interino a punto de huir por el asesinato de Kosteki y Santillán.
Y en ese momento, cuando ya no teníamos fuerzas, ni moneda, ni trabajo, ni comida, ni salud, ni educación, en ese momento, al borde de la disolución nacional, apareció Nestor, venido de ningún lugar y de todos los lugares.
Apareció Nestor y nos sacó del cinismo, porque restableció una moral que nos contenía, una moral que se resumía en una corta, simple y contundente oración. “No voy a dejar mis convicciones en la puerta de entrada de la Casa Rosada”. Y Nestor entró a la Rosada aferrado a sus convicciones, entonces descubrimos que no había imposibles, que se podía juzgar los crímenes contra la humanidad, que el Estado podía y debía ser protagonista, que el empleo podía recuperarse junto a la industria nacional, que se podía avanzar hacia derechos de segunda generación. Entonces recuperamos las ideologías y nos enfrentamos, porque la paz absoluta solo reina en los cementerios.
Doce años después sabemos que queda mucho por hacer, porque el empleo que no es pleno y el subempleo continúan dificultando que mucha gente reproduzca sus condiciones de existencia, porque el modelo inclusivo es el correcto pero todavía no incluyó a todos, porque el consumo interno como motor de la economía es el camino correcto pero hay muchos que aún no pueden consumir.
Por lo expuesto, que no es todo, que es más bien poco pero ya largo, y por mi mamá, que trabajó toda su vida sin recibir aportes y necesitará una moratoria para jubilarse, por mis hijos, que están en los albores de la adolescencia y corren el riesgo de repetir mi historia, por las mamás de mis hijos, que son parte de mi vida en la modalidad de lo ex, por mis amigos y mis ex amigos, por los colegas que aprecio y también por los otros, por la mujer que me anda enamorando pero no se deja enamorar, por mí, que tengo miedo de volver atrás y no me gusta tener miedo ni me gusta volver atrás, por todo eso, y mucho más, yo, voto a Scioli.

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