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INTERNACIONAL

Humillar y expoliar: Trump proyecta una colonia petrolera en Venezuela y una América Latina disciplinada

Trump afirma que su objetivo es frenar el narcotráfico apenas un mes después de haber indultado a un ex presidente hondureño condenado por facilitar el ingreso de 400 toneladas de cocaína. Señala a Maduro como dictador y, acto seguido, anuncia que administrará otro país. ¿Cuál es el sentido real de esta exhibición obscena de poder?

No existe analista serio que pueda sostener la legalidad de una incursión militar secreta, ejecutada de madrugada por una potencia extranjera, destinada a secuestrar a un presidente y a su esposa para trasladarlos por la fuerza a territorio propio y someterlos a juicio en tribunales nacionales. Estados Unidos no solo reconoció sino que celebró la violación de la soberanía venezolana, la ofensiva armada contra funcionarios del país sudamericano y la difusión de una imagen de Nicolás Maduro esposado y con los ojos cubiertos en un portaviones rumbo a Nueva York, donde fue imputado por narcotráfico. No hubo declaración de guerra del Congreso ni solicitud ante la ONU para activar el principio de responsabilidad de proteger a la población civil. Porque Donald Trump no buscó abrir un proceso democrático ni desarticular un entramado narco que continúa intacto en Venezuela: optó por una demostración de fuerza burda y deliberadamente anacrónica.

Secuestrar a Maduro para frenar el narcotráfico

La Casa Blanca insiste en dos argumentos —que en Argentina Javier Milei y su entorno replican palabra por palabra—: Maduro sería un jefe narcoterrorista y un dictador. Trump combinó el libreto de la “guerra contra las drogas” que justificó la invasión a Panamá a fines de los años 80 con el de la “guerra contra el terrorismo” inaugurada por George W. Bush. Esta vez no hubo un atentado como el del 11 de septiembre de 2001, sino una crisis sanitaria que golpeó a millones de estadounidenses por la circulación masiva de fentanilo y otros opioides. Una crisis provocada en buena medida por medicamentos aprobados por la FDA —la ANMAT estadounidense—, aunque la administración logró reorientar el relato y centrarlo exclusivamente en el narcotráfico.

Según la narrativa de Trump, las fuerzas armadas estadounidenses atacaron Venezuela y secuestraron a Maduro porque sería el líder del Cartel de los Soles, una estructura cuya existencia concreta carece de pruebas contundentes. El término se utiliza desde hace años para referirse genéricamente a militares infiltrados por organizaciones criminales, no a un cartel específico. El supuesto objetivo sería frenar el ingreso de fentanilo a Estados Unidos, pese a que los especialistas en rutas del narcotráfico coinciden en que Venezuela no produce esa droga, algo que Trump conoce. De hecho, durante su fallida guerra comercial contra China, señaló reiteradamente al país asiático como principal origen del fentanilo.

Como con Noriega: la excusa del narco

La credibilidad de Trump en su cruzada antidrogas quedó severamente dañada —incluso entre simpatizantes y opositores del chavismo— tras el indulto, hace poco más de un mes, al ex presidente hondureño Juan Orlando Hernández, figura clave de la derecha regional, condenado en Estados Unidos por colaborar en el ingreso de más de 400 toneladas de cocaína, en una causa probada por la propia DEA. El perdón presidencial coincidió con el final de un gobierno progresista crítico de Washington y con una elección extremadamente disputada que, según el organismo electoral, ganó el aliado de la Casa Blanca y de Hernández.

Secuestrar a Maduro para “garantizar la democracia”

Descartada la hipótesis antidrogas, queda el argumento democrático. Bajo la presidencia de Joe Biden, Estados Unidos no reconoció la última victoria electoral del chavismo, al igual que buena parte de la región. Incluso Luiz Inácio Lula da Silva y Gustavo Petro exigieron la publicación de las actas, que nunca fueron difundidas por el organismo electoral venezolano. Desde entonces, Washington reconoce como autoridades electas al candidato opositor Edmundo González y, sobre todo, a quien concentra el poder real detrás de él: la dirigente y premio Nobel de la Paz María Corina Machado.

Ese respaldo se diluyó abruptamente este sábado, cuando Trump dejó en claro desde su resort en Florida que no piensa sentarla en Miraflores, al menos por ahora. “No tiene el apoyo suficiente dentro del país, no genera el respeto suficiente dentro del país”, afirmó minutos después de que Machado celebrara el secuestro de Maduro y se ofreciera para asumir el poder: «Hoy estamos preparados para hacer valer nuestro mandato y tomar el poder. Permanezcamos vigilantes, activos y organizados hasta que se concrete la transición democrática. Una transición que nos necesita a TODOS.»

El discurso que define al chavismo como dictadura también se erosionó cuando Trump reveló que mantiene conversaciones con la número dos del gobierno venezolano. Primero anunció que Estados Unidos “controlará Venezuela hasta que haya una transición justa, segura y ordenada”, sin precisar plazos ni condiciones. Luego explicó que su administración ya dialoga con la vicepresidenta Delcy Rodríguez y no descartó cooperación. “Acaba de asumir el cargo. Ella fue designada por Maduro. (el secretario de Estado) Marco (Rubio) está trabajando sobre eso. Recién tuvo una conversación con ella y básicamente ella dijo que está dispuesta a hacer lo que sea necesario para Hacer Grande a Venezuela de Nuevo”.

Horas más tarde, Rodríguez apareció junto a su gabinete para desmentir versiones que la ubicaban en Moscú y marcó distancia de las declaraciones de Trump. Ratificó su lealtad a Maduro —“Es el único presidente”— y prometió “defender a Venezuela, para defender nuestros recursos naturales”.

Secuestrar a Maduro para quedarse con el petróleo

Trump evitó precisar cómo sería la “transición”, pero sí detalló qué hará mientras su gobierno administre el país. “El negocio del petróleo era un desastre, no extraía nada para lo que podían extraer. Vamos a hacer que nuestras grandes compañías petroleras estadounidenses, las más grandes del mundo, intervengan, inviertan miles de millones de dólares, reparen la infraestructura petrolera, que está gravemente dañada, y empiecen a generar ganancias para el país”, afirmó, describiendo una Venezuela pos-Maduro y posiblemente poschavista.

«Vamos a vender grandes cantidades de petróleo a otros países, muchos de los cuales ya lo están usando ahora, pero me animo a decir que se sumarán muchos otros», agregó.

Con 2026 como año electoral y una economía frágil como principal debilidad, Trump aseguró que gobernar Venezuela “no le costará nada” a los estadounidenses. “Nos van a reembolsar todo lo que gastemos”, afirmó, tras subrayar que “el dinero que sale del territorio (venezolano) es muy importante”.

En 2002, durante la invasión a Irak, funcionarios de George W. Bush prometían que la guerra no sería una carga económica. “Bajo cualquier posible escenario, el efecto negativo será muy pequeño en relación con los beneficios económicos”, decía entonces Lawrence Lindsey. Hoy Trump reconoce que aquella guerra “fue un gran error”, aunque los beneficios existieron: quedaron concentrados en un puñado de empresas estrechamente ligadas al poder político.

Secuestrar a Maduro para disciplinar a la región

Marco Rubio acompañó a Trump tras los ataques y habló pocos minutos. “Trump es un presidente que cumple su palabra. Espero que los que no lo habían entendido ahora lo hagan”, advirtió. Antes, el propio Trump había lanzado amenazas explícitas y veladas a México, Colombia y Cuba. Rubio reforzó el mensaje: “Si estuviera en La Habana, estaría preocupado, aunque fuera un poco”.

Trump citó la Estrategia de Seguridad Nacional publicada hace un mes, que revive la Doctrina Monroe: “América para los americanos”. Luego explicitó su nueva doctrina: “Tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe… Este ‘Corolario Trump’ de la Doctrina Monroe es la potente y lógica restauración de nuestro poder y nuestras prioridades”.

En el primer año de su segundo mandato, Trump ya demostró su disposición a intervenir en procesos electorales regionales: lo hizo en Argentina, auxiliando a Milei ante una corrida cambiaria, y en Honduras, en elecciones aún cuestionadas. En 2026 votan Brasil y Colombia, hoy los principales gobiernos progresistas de Sudamérica.

Desde ahora, no solo queda claro que Trump intentará influir políticamente. También que Estados Unidos está dispuesto a someter a la región por la fuerza.

Con información de El Destape

Publicado en lanuevacomuna.com

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