En los últimos diez años, la divisa estadounidense aumentó todos los eneros. A las presiones estacionales se suma ahora un vencimiento de deuda por USD 4.678 millones.
La economía argentina enfrenta habitualmente un enero complejo en el frente externo. Por razones estacionales y por la cancelación de compromisos en moneda extranjera, la demanda de dólares crece con fuerza respecto del resto del año, mientras la oferta se mantiene acotada. En esta ocasión, además, se agrega la incertidumbre sobre cómo se afrontará el pago a acreedores privados por USD 4.212 millones que vence el viernes 9, un monto equivalente a cerca del 10% de las reservas brutas del Banco Central.
El comportamiento histórico refuerza esa tensión: durante la última década, el dólar subió en enero un promedio del 8,5% respecto de diciembre. El fenómeno fue más marcado en años no electorales: en los últimos cinco eneros de años pares, la suba promedio fue del 11,8%, con picos del 18,3% en 2024 y del 20,2% en 2016.
La única excepción fue enero de 2019, cuando el tipo de cambio retrocedió, aunque tras un período previo extraordinario: entre abril y septiembre de 2018 el dólar había saltado de 20 a 40 pesos. En enero de 2017 hubo estabilidad relativa, pero también luego de un semestre anterior muy volátil. La evidencia empírica sugiere que, tras lapsos de calma cambiaria de al menos seis meses, los ajustes suelen concentrarse en enero.
En la semana en que anunció la necesidad de acumular reservas, el ministro de Economía, Luis Caputo, destinó más de USD 150 millones para intervenir y contener el dólar.
Todo indica que el próximo mes difícilmente escape a esa lógica, pese a los esfuerzos oficiales por frenar la cotización. El Gobierno recurre a la emisión de títulos atados al tipo de cambio, a ventas de dólares del Tesoro y a la intervención del Banco Central mediante contratos de dólar futuro.
La tarea se vuelve más compleja en un contexto en el que, aunque la inflación de 2025 se redujo aproximadamente a la mitad del promedio de la última década, volvió a acelerarse y cerraría el año en torno al 31%. Al mismo tiempo, el punto débil del esquema económico —las cuentas externas— luce frágil frente al aumento estacional de la demanda de divisas y a los pagos de deuda que se avecinan.
El foco central de la vulnerabilidad son las reservas. Según la metodología del FMI, el nivel neto actual es negativo en casi USD 16.000 millones. En enero, además, vencen compromisos en moneda extranjera por USD 4.678 millones: al pago a privados se suman obligaciones con organismos internacionales y otros títulos por USD 466 millones, de acuerdo con datos oficiales.
Enero es, además, el mes con mayor carga de vencimientos dentro de un año exigente, en el que habrá que cancelar USD 19.526 millones en moneda dura. El panorama se complicó porque la colocación del Bonar 2029 aportó USD 910 millones, por debajo del objetivo de USD 1.000 millones, y a una tasa del 9,26%, superior a la expectativa oficial de ubicarla por debajo del 9%.
La cuenta corriente del balance de pagos tampoco aporta alivio. El último dato disponible, de octubre, arrojó un déficit de USD 2.599 millones. En nueve de los últimos doce meses el saldo fue negativo, lo que profundiza la escasez de divisas. Aunque en noviembre la balanza comercial fue superavitaria, al computar servicios y rentas el resultado mensual también habría sido desfavorable.
Pese a ello, el escenario no parece tan crítico como para habilitar nuevos rescates externos, como ocurrió en abril con el FMI o en octubre con el Tesoro estadounidense. Además de la emisión del Bonar 2029, el Tesoro continuaría apelando a “operaciones en bloque” fuera del mercado formal, comprando dólares a empresas y provincias que, tras las elecciones de octubre, colocaron bonos en moneda extranjera por unos USD 7.000 millones. Esos fondos se utilizan luego para intervenir de manera menos visible en el mercado cambiario.
También está previsto el ingreso de USD 706 millones por la liquidación de activos públicos, como centrales eléctricas del Comahue, y no se descarta un nuevo REPO con bancos internacionales. La incógnita es si ese conjunto de recursos alcanzará para cumplir con los pagos externos y, al mismo tiempo, sostener la oferta de divisas en el mercado.
El desafío luce exigente cuando convergen el turismo al exterior, el cobro de aguinaldos, la dolarización de activos empresariales, los vencimientos de deuda y las exigencias del FMI por una mayor acumulación de reservas. De hecho, el organismo impulsó la modificación del esquema de bandas cambiarias a partir de enero, una decisión que se esperaba antes y que se habría demorado para evitar un costo político adicional para el ministro de Economía.
Al tratarse de 2026, un año no electoral, el incentivo político para mantener el tipo de cambio inmóvil es menor. Una suba moderada del dólar podría incluso darle margen al Gobierno para luego estabilizarlo desde un nivel más alto, preservando competitividad. Tras un probable rebrote inflacionario inicial, el objetivo sería retomar la desinflación en los meses siguientes, en la antesala de 2027, una estrategia conocida en la historia económica argentina.
La probabilidad de que se reitere el patrón de eneros tensionados es elevada. El tope de la banda mayorista pasaría de 1.521 a 1.565 pesos hacia fin de mes. Dado que el Tesoro interviene cuando la cotización se acerca al 96% de ese límite, el dólar mayorista podría rondar los 1.500 pesos y el minorista ubicarse cerca de los 1.550. Vender divisas a un precio menor implicaría un mayor uso de reservas, un recurso escaso en un esquema dependiente de las condiciones externas.
Un ajuste de alrededor del 5% estaría en línea con los veranos recientes, por debajo de los saltos de años anteriores, y facilitaría el cumplimiento de las metas de reservas del FMI, mientras bajan las tasas de interés. El mercado financiero vería con buenos ojos ese reacomodamiento, que podría contribuir a reducir el riesgo país hacia niveles compatibles con el regreso al endeudamiento externo.
La contracara sería un nuevo impacto sobre el consumo y el poder adquisitivo. Un dólar más alto presionaría sobre los precios y retraería la demanda interna, mientras el Gobierno redujo retenciones sin compensar el efecto distributivo. Así, el reacomodamiento cambiario y el alivio impositivo al agro se alinean con el objetivo de corregir el déficit de cuenta corriente y acelerar la acumulación de reservas.
En ese marco, el timing del ajuste resulta coherente con las necesidades políticas del oficialismo. En octubre de 2024, el propio presidente Javier Milei lo había anticipado ante empresarios en el coloquio de IDEA en Mar del Plata: “Teníamos claro que, por el tipo de ajuste que estábamos haciendo, era muy probable que el impacto más fuerte se sintiera durante el primer trimestre; por eso era importante hacerlo durante las vacaciones, para que la gente no se enterara tanto”.
Con información de La Política Online
Publicado en lanuevacomuna.com