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LA ERA MILEI

Autopsia de un desmantelamiento previsible: recortes de hasta el 80% y más de 5.000 puestos menos en el sistema científico

En apenas dos años, la política oficial hacia la ciencia y la tecnología dejó un saldo devastador. Los indicadores centrales del sector muestran caídas de una magnitud inédita y, de sostenerse el rumbo actual, el deterioro se profundizará en 2026, alertan especialistas. El panorama es crítico.

Los principales “indicadores vitales” del sistema científico argentino exhiben desplomes que llegan al 80%. Trasladado al terreno médico, el diagnóstico sería inequívoco: estado crítico y riesgo extremo. Esa es la imagen que surge del relevamiento elaborado por el grupo Economía, Política, Ciencia (EPC) del Centro Iberoamericano de Investigación en Ciencia, Tecnología e Innovación (Ciicti), que monitorea la evolución del área desde el inicio de la actual gestión.

A través de siete gráficos contundentes, el informe reconstruye dos años de decisiones orientadas no solo al recorte presupuestario, sino también al vaciamiento institucional, la degradación de organismos y la anulación de marcos normativos construidos durante décadas para sostener una política científica orientada al desarrollo nacional.

Uno de los datos más elocuentes es el derrumbe del financiamiento público: la inversión en ciencia cayó un 43,8%, pasando del 0,3% del PBI en 2023 a apenas 0,164% este año, el nivel más bajo desde 2002.

Ninguna institución del sistema quedó al margen del ajuste. En dos años, el Conicet perdió el 31,4% de su presupuesto; el INTA, el 36,2%; la CNEA, el 44%; el INTI, el 47,1%. El ex Ministerio de Ciencia, degradado a secretaría, sufrió un recorte del 79,6%, mientras que la Agencia I+D+i registró una caída del 82,2%.

El impacto también se sintió con fuerza en los salarios. Los ingresos reales del personal del Conicet retrocedieron un 38%, y los de docentes e investigadores universitarios, un 31,4%.

El ajuste alcanzó además a las becas y los gastos operativos. Los fondos destinados a becas y servicios disminuyeron un 20,3%; los insumos, un 51,2%; los bienes de uso y equipamiento, un 64,7%. Las transferencias a proyectos se desplomaron un 81,7% en comparación con 2023.

En términos laborales, la destrucción acumulada asciende a 5.192 puestos de trabajo, con pérdidas significativas en el Conicet —en parte por la reducción de becas—, el INTI y el INTA. Tanto la Agencia I+D+i como la Secretaría de Innovación, Ciencia y Tecnología perdieron alrededor del 40% de su plantel.

El proceso se completó con cambios estructurales: institutos sin autoridades designadas, venta o cesión de inmuebles, y suspensión o derogación de instrumentos consensuados por todo el arco político. La Agencia de Promoción, eje histórico del financiamiento competitivo y federal de la investigación, quedó prácticamente desmantelada.

Las proyecciones para 2026 no ofrecen alivio.

“Lo único que hoy podemos analizar con certeza es lo que fija el presupuesto aprobado en relación con el cierre de 2025”, explicó el físico Jorge Aliaga. “Mi sensación es que el año próximo será, como mínimo, igual de malo. Incluso está la duda de si ese presupuesto podrá ejecutarse, porque si la nueva Ley de Empleo reduce la recaudación, podrían venir más recortes. De concretarse el escenario previsto, los salarios perderían otro 35% y prácticamente no habría fondos para investigar”.

Aliaga detalló que en 2025 se destinaron recursos mínimos a algunos programas específicos, pero subrayó que “para estar mal, como en 2023, se necesitarían entre 100 y 120 mil millones de pesos. Hoy estamos muy por debajo de eso. Se está consumiendo el capital acumulado: rutas, hospitales, universidades. Es como vivir de los cimientos de una casa hasta que colapsa”.

Para Nicolás Lavagnino, director del grupo EPC, detrás de las cifras oficiales hay un deterioro mayor al que admite el Gobierno. “El presupuesto proyecta una inflación punta a punta del 10%, pero el gasto se mide por inflación promedio anual, que siempre es más alta en contextos de desaceleración. Aun con ese 10%, haría falta al menos un 17% más solo para no perder poder de compra, y eso no ocurre”.

Según sus estimaciones, el sistema científico sufrirá en 2026 una nueva caída real de entre 7 y 8 puntos, tanto en funcionamiento como en salarios, que se sumará a pérdidas acumuladas de entre 35 y 50 puntos. “La Agencia quedó reducida a un organismo residual, orientado a desarrollos tipo startup, muy lejos de su rol histórico en la investigación básica y aplicada. En términos reales, se consolida más de 85 puntos por debajo de 2023”, advirtió.

Lavagnino también señaló que la Secretaría de Ciencia incluye dentro de la función presupuestaria partidas ajenas a la actividad científica, vinculadas a gobierno digital, lo que “infla artificialmente” los números. “Depurados esos fondos, el recorte supera el 80%”, afirmó.

El deterioro impactará también en la dotación de personal altamente calificado, especialmente en áreas estratégicas como el sector nuclear. “Con estos niveles salariales y sin horizonte, el sistema va a expulsar recursos formados”, anticipó.

Desde el ámbito universitario, Beatriz Gentile, rectora de la Universidad del Comahue, advirtió que el problema excede la coyuntura. “Se está construyendo un país sin futuro científico. No es solo 2026: es 2030 o 2040. Sin inversión sostenida, la Argentina vuelve a primarizarse, pierde pensamiento crítico y expulsa talento. Es un retroceso histórico”.

En la misma línea, el decano de Exactas de la UBA, Guillermo Durán, calificó el panorama como “catastrófico”. “La función ciencia y tecnología está en la mitad de lo que era en 2023 y en un tercio de lo que establecía la ley de financiamiento, que fue derogada. Se redujeron ingresos al Conicet, se suspendieron convocatorias y se paralizaron proyectos. Si no se cumple la ley universitaria vigente, no descarto medidas más drásticas, incluso la no iniciación del cuatrimestre”.

Para Adriana Serquís, ex presidenta de la CNEA, el daño es estructural. “No solo se frenan proyectos actuales, se destruye el futuro. Algunos grupos sobreviven con ahorros y equipamiento viejo, otros ya no pueden sostenerse. En el sector nuclear, equipos enteros se disolvieron y reconstruirlos llevará años”.

“La fuga de cerebros todavía no se ve en toda su magnitud —concluyó—, pero ya está en marcha. Lo que estas cifras no muestran es el esfuerzo humano detrás de cada proyecto que se abandona: trayectorias truncadas, conocimiento desperdiciado y un país que resigna la posibilidad de agregar valor y desarrollarse con autonomía”.

Con información de El Destape

Publicado en lanuevacomuna.com

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