EL VIRUS MÁS CONTAGIOSO Y LETAL QUE LA HISTORIA HAYA CONOCIDO

Nuevos y espeluznantes datos sobre el virus van apareciendo gracias a esta pandemia.

Los últimos estudios han descubierto que ese catastrófico virus destruye el área del cerebro en donde se genera la empatía y la capacidad de razonar con lucidez. Muchos se vuelven orgullosos portadores, desean contagiar al resto, y se resisten al tratamiento.

Las consecuencias son terribles. El virus devasta el sistema de salud, carcome los recursos de las áreas sociales del Estado, arroja a las clases medias y populares a un sistema de supervivencia, genera una descomunal ola de despidos, hace que los seres humanos se vuelvan indiferentes unos con los otros, y hasta provoca que los funcionarios enloquezcan y regalen miles de millones de dólares de nuestras reservas a extranjeros que ingresan al país para apostar en juegos de azar financiero.

Es un virus que desembarcó con las clases más altas que se volvieron inmunes a él, que luego contagiaron a las clases medias y bajas, que son las que finalmente sufren sus devastadoras consecuencias.

Lo más trágico es que para combatirlo no es efectivo el aislamiento social, ni aún escondidos en un sótano. Porque se transmite a través de las micro gotitas que escupen los periodistas, economistas y funcionarios infectados que hablan por radio y televisión, micro-gotitas que salen de la pantalla y los parlantes, penetrando por los ojos y los oídos de quienes estén oyendo o escuchando, infectándolos. Algunos se salvan del contagio: quienes en su vida fueron vacunados con una dosis de amor y sensibilidad social, están inmunizados.

Ah, perdón. Olvidé aclararles que no estoy hablando del CORONAVIRUS, sino del VIRUS DEL NEOLIBERALISMO.

El efecto es letal: al ingresar, activa el área más primitiva e irracional del cerebro humano, esa que heredamos de los reptiles. Esa vinculada a los más feroces instintos relacionados con el ataque, el egoísmo, y la eterna sensación de que nuestra supervivencia SIEMPRE está en peligro. Por eso los infectados, aún viviendo en la más próspera de las abundancias, tienen TERROR A LA SOLIDARIDAD, y despliegan una feroz compulsión a acumular la máxima cantidad de bienes posibles aunque jamás los necesiten, compitiendo ferozmente con el resto, a quienes tratan como enemigos.

En su etapa crónica, la enfermedad los lleva a actuar idéntico a los gorilas de la selva que se sienten amenazados: expanden su cuerpo agitando ramas y haciendo ruido para parecer más grandes de lo que son, golpeando un palo contra un tronco hueco. ¿Qué es lo peor que podría hacerse ante esta tragicómica situación? Amplificarle con un micrófono su ruido por toda la selva.

Pero volvamos al virus: La curva de contagio del Neoliberalismo tiene sus picos, pero la buena noticia es que tarde o temprano se aplana. Sucede que con el tiempo genera una devastación tan masiva entre las clases medias y bajas infectadas, que se frena el contagio. Lo más triste de esta peste, es que incluso en su lecho de muerte los enfermos niegan estarlo, rechazando ferozmente cualquier tratamiento que pudiera ofrecérsele con los efectivos antivirales.

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