CUARENTENAS Y ESTADOS DE SITIO EN LA HISTORIA ARGENTINA

En tiempos de epidemias, se exacerban los ánimos: el paranoico se vuelve más paranoico, el aprensivo más aprensivo, el hipocondríaco otro tanto. Pero la cuarentena por la pandemia del coronavirus se transformó en la más importante que tuvo nuestro país en su historia, y marcará un antes y un después en el devenir sanitario.

Durante el siglo XIX, hubo epidemias de cólera; la de 1867 se llevó la vida, por ejemplo, del entonces vicepresidente Marcos Paz -en ejercicio de la presidencia- que fue uno de los 1653 muertos que tuvo la ciudad. Esta epidemia estuvo enmarcada dentro de una pandemia mundial. Las autoridades coordinaron el armado de comisiones parroquiales para atender los casos, que se debían internar en casas asignadas para ello. La epidemia se propagó al interior del país y, aun así, solo se establecieron cuarentenas para los barcos que arribaban.

Con la muerte de 3 personas que vivían en San Telmo, el 27 de enero de 1871 comenzaba la epidemia de fiebre amarilla. Las autoridades, lejos de establecer una cuarentena -los únicos que debían cumplir esta norma eran los inmigrantes que se los alojaba en la isla Martín García- pretendió continuar la vida como si nada pasase.

Los festejos de carnaval recién se suspenderían el último día. Y hasta el presidente Domingo Sarmiento había ordenado meter preso al médico del puerto porteño, quien había osado someter a cuarentena al pasaje de dos barcos recién llegados del norte del país, que era de donde se sospechaba provenía la enfermedad.

Sí hubo en esa epidemia una cuarentena sui generis que el habitante de la ciudad con recursos implementó por su propia cuenta y riesgo. Hizo las valijas, dejó su casa y se estableció en la barriada despoblada y orillera del norte porteño. Nacía así Barrio Norte y Recoleta, hasta entonces un lugar por el que se recomendaba no pasar de noche.

El propio primer mandatario, a mediados de marzo, se subió a un tren que lo dejó en Mercedes, conducta que fue imitada por su vice Adolfo Alsina, que se fue a una estancia, su gabinete, por diputados, senadores y los miembros de la Corte Suprema de Justicia.

La gente sin recursos, inmigrantes y la población negra también fue sometida a una especial cuarentena: el ejército cercó el barrio donde vivían para que no pudiesen entrar o salir. Los consideraban los culpables de la propagación de la enfermedad. El que puso el pecho a la situación fue una comisión especial creada por la presión misma de los vecinos. Muchos de sus integrantes lo pagarían con su vida.

La otra gran epidemia fue de la polio, en 1956. Dictar la cuarentena resultaba una medida inimaginable, cuando el propio gobierno en un primer momento había desconocido la existencia de una epidemia, a pesar de que las cifras de enfermos y los diarios decían otra cosa. Cuando el sistema de salud mostró todas sus deficiencias -falta de pulmotores, lugares de internación- sólo se preocuparon en echarle la culpa al gobierno de Juan Domingo Perón, y los antiperonistas decían que todo era un castigo de Dios. La vacuna llegaría al año siguiente y mientras tanto se aplicaba gamaglobulina.

Y en la epidemia del cólera de 1993 el operativo montado en la frontera del norte, permitió que la enfermedad no avanzase más de la cuenta al resto del país.

Estado de sitio

No solo las cuarentenas cambian drásticamente los hábitos de las personas, sino que el estado de sitio también debería hacerlo, aunque en Argentina sus más de 50 aplicaciones tuvieron sus matices y fueron interpretadas por los ciudadanos de diversa manera.

Desde la Organización Nacional, el estado de sitio fue aplicado por los gobiernos tanto democráticos como de facto. Pero, más que velar por las personas, era una medida policial-militar para poder detener a personas, sin necesidad de una denuncia o causa previa.

El primero en implementarlo fue Justo José de Urquiza en 1854 y 1859; luego lo hizo Bartolomé Mitre, que lo usó para perseguir a quienes se oponían a la Guerra del Paraguay para censurar a medios opositores.

La gente no se protegía en sus casas como la situación ameritaba. Prueba de ello que, tras la represión de militantes anarquistas el 1 de mayo de 1909 en Plaza Lorea, el gobierno decretó el estado de sitio. Necesitaba mantener la paz social por lo menos hasta los festejos del centenario, que se realizarían al año siguiente, y donde se planeaba tirar la casa por la ventana. Pero los obreros continuaron manifestando, arriesgándose especialmente los extranjeros a que se les aplicase la Ley de Residencia y tener que abandonar el país.

El general Uriburu, luego de derrocar a Hipólito Yrigoyen en 1930, instauró el estado de sitio, que le sirvió, por ejemplo, para fusilar a delincuentes comunes en el patio de la comisaría de Avellaneda. Y se dieron hechos hilarantes, como que Alberto Barceló, dirigente conservador de esa localidad y conspirador, cuando estalló el golpe, escondió en su propia casa al radical Nereo Crovetto, gobernador bonaerense, que el gobierno buscaba. Había estado de sitio, pero no para los amigos.

Pasaron los años y el estado de sitio aplicado por la Revolución Libertadora en 1955 apuntó específicamente a la proscripción de los partidos Peronista y Comunista.

Frondizi e Isabel, contra la violencia

El que más echó mano de este recurso fue Arturo Frondizi, por la interminable sucesión de hechos que hacía que el país viviese en un eterno limbo de guerra interna. María Estela Martínez de Perón lo aplicaría en noviembre de 1974 para “erradicar expresiones de una barbarie patológica que se ha desatado como forma de un plan terrorista criminal contra la Nación”, y apuntaba a organizaciones terroristas. La gente debía cuidarse, además, de la Triple A.

A través del Plan Conintes y del estado de sitio, el presidente Arturo Frondizi buscó la paz social.
A través del Plan Conintes y del estado de sitio, el presidente Arturo Frondizi buscó la paz social.
Un quiebre en los hábitos de los ciudadanos fue el golpe del 24 de marzo de 1976. El estado de sitio estuvo vigente hasta 1983 y el gobierno ejerció un sistema de control y vigilancia. Los jóvenes, por su militancia, eran los más apuntados. Se cambiaron los hábitos diarios, se dejaron de lado las reuniones que habitualmente se armaban entre amigos, se tenía la precaución de no salir de noche y muchos deshicieron de libros, folletos y agendas telefónicas que pudieran comprometerlos. Lo importante era llevar encima el viejo documento nacional de identidad.

Si bien fue levantado en octubre de 1983, Raúl Alfonsín lo aplicó durante 45 días en 1985 para defenderse de un supuesto golpe cívico-militar. Aun así no se suspendió ni la campaña electoral ni las elecciones de medio término que se celebraron el 3 de noviembre de ese año. Lo volvería a instaurar en mayo de 1989 por un mes debido a los saqueos de supermercados y almacenes.

Y la explosión social durante el gobierno de Fernando de la Rúa llevó a la gente a manifestarse a pesar del estado de sitio que el gobierno había declarado el 19 de diciembre de 2001.

En definitiva, no hubo epidemia en nuestra historia que para las autoridades mereciese aplicar una cuarentena, ni un estado de sitio que hiciera tomar conciencia a los argentinos de la gravedad política institucional que se vivía.

Ahora, con el coronavirus, tendremos la oportunidad de darnos cuenta que también a nosotros estas cosas nos pueden pasar.

INFOBAE

PUBLICADO EN LANUEVACOMUNA.COM

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