GRAVE TENDENCIA DE ADICCION AL FACEBOOK

Adictos a Facebook

Falopa brava el Face. Te quema el marulo. Depende de cómo le pega a cada persona, claro, pero en general el efecto se parece más al de la fafafa que al del faso. Pega mucho por el lado de la violencia, el odio, las ganas de armar bardo. Padecí la adicción a las redes sociales tres años. Me costó reconocer el problema.

Es lo que más cuesta, como en toda adicción. Cuando empezás a tener problemas con tus amigos, con la familia, con el trabajo, ahí te planteás que hay algo que no va, que te hace daño. Parece que te hace bien al principio, que te calma los nervios, que te hace pasar el rato. Porque las redes sociales son eso. Una manera de matar el tiempo. Pero a la larga se convierten en una cárcel.

La realidad es que estás atrapado. Yo me di cuenta de la adicción enseguida, porque pasaba muchas horas con las redes. Y un día se produjo el gran quiebre. Entonces pude reconocer qué tipo de adicción, qué tipo específico de dolencia tenía. Porque no todos los adictos padecen los mismos mambos. Cada uno sufre consecuencias diferentes. Y esas consecuencias se manifiestan en la vida cotidiana, en el trabajo, en las relaciones. Son cambios en la personalidad. Cambios profundos.

El gran disparador, el hecho que marcó un antes y un después en mí, y me permitió saber qué tipo de problema tenía, fue cuando ante un posteo de una foto de un chancho, un simple chancho, sin texto, sin palabras, me enfurecí y respondí con un comentario que decía «No estoy de acuerdo». Y me enredé en una amarga discusión con el tipo que había subido la foto, un trabajador bancario jubilado que usaba Facebook para pasar el rato. Al tipo le había gustado el porcino, nada más. No tenía ninguna mala intención ni nada. Tuvimos una pelea muy fea, muy dura, nos dijimos cosas ofensivas, personales, sin conocernos. Ahí me di cuenta de que, ante cualquier contenido, me daba por polemizar, discutir, y de manera muy, muy violenta.

Juzgaba todo, peleaba por todo, siempre enfurecido, y cada vez tenía más ganas de pelear, por lo que cada vez estaba más tiempo buscando quilombo en las redes. Alguien subió la foto de su hijo recién nacido, y yo le mandé «Fake». Y ante un dato concreto «Alexander Fleming descubrió la penicilina en 1928», me ponía como loco y mandaba «Me opongo, corruptos». Es un vicio. Llegué hasta un límite peligroso, y ahí fue cuando conocí gente con el mismo problema. Así llegué al grupo de autoayuda que hoy integro, «Dar la cara» se llama. Conocí muchos casos allí, iguales o peores que el mío. Porque hay gente que no se queda con la agresión virtual. Es el famoso paso al acto. Un hombre de 60 años, por ejemplo, Roberto es el alias que usa en el grupo, padre de familia, casado, tres hijos, dos nietos, fue procesado por lesiones graves. Desafió a pelear, en el mundo real, a Carlos, uno de sus contactos de Facebook, de 46 años, por una cuestión de Teletubbies.

Clarisa, abogada de 43 años, apaleó con un bate de beisbol, e intentó sodomizar, a un tal Germán, de 34 años, por una disputa sobre grupos de Death Metal. Y la tremenda batahola que ocupó la tapa de los diarios el mes pasado, que dejó dos víctimas fatales y decenas de heridos, no fue un encuentro pactado entre dos barras bravas futboleras. Se descubrió que fueron dos grupos rivales de Facebook. Unos eran fans de la temporada 6 de «La casa de papel». Se enfrentaron contra los adeptos a la temporada 7, en un baldío que eligieron como campo de batalla. Sí, con armas automáticas y todo. Discutían sobre cuál temporada había sido mejor, si la 6 o la 7. Es un camino difícil. Es jodido el pólemos. Del insulto virtual pasás a las manos en el mundo real, y de ahí a los fierros. Se sabe dónde empieza la cosa, pero no dónde termina. Es un camino de ida. Me está yendo bien ahora.

«Dar la cara» es coordinado por un equipo interdisciplinario. Hay psicólogos, psiquiatras, y especialistas en tecnología digital. Concurre gente de edades diversas. Los problemas son también muy diferentes. El mío, y el de varios compañeros y compañeras, es la compulsión a polemizar por todo, y opinar, de todo, y con opiniones feroces. Es una fruición por dicotomizar la realidad, dividir todo en blanco y negro y pelear, insultar y ponerse violento. Cuando estaba tomado por mi adicción, me la pasaba todo el tiempo mirando el teléfono, y cuando no lo miraba y estaba en el mundo real, fuera de las redes, también me peleaba con todo el mundo. Solo quería polemizar. Si tomaba un café con un amigo y mi amigo le ponía azúcar, yo saltaba como un loco «¡No estoy de acuerdo!» gritaba, antes de vomitarle un discurso sobre las miserias del azúcar, que mata más gente que el tabaco, y cómo ciertas sustancias son demonizadas y otras no, y así. Si le ponía edulcorante, lo mismo, pero sobre los efectos cancerígenos de los edulcorantes.

Pólemos compulsivo, me diagnosticaron, y yo ni idea, pensé que tenía que ver con el polen, una alergia o algo por el estilo, pero no, pólemos es por polémica, es el fanatismo por discutir, opinar y polemizar por todo. En Europa le dicen furor bellum. Si ves un paisaje, el mar, un bosque, «Me opongo» escribís, y te amargás, mucho, te ponés furioso. Ante un video que muestra gatitos bebés jugando: «No en mi nombre» posteás, y sentís la acidez en la boca del estómago. Es como una droga. Uno quiere pelear, discutir, argumentar, a favor o en contra de todo: la lluvia, el viento, el sol, la foto de una lata de conservas. Llueve en Manila: «Me opongo», «Me permito disentir». Un atardecer en Corrientes. «¡Asesinos!». Uno tiene opiniones, fuertes, seguras, contundentes, sobre todos los seres, objetos, fenómenos existentes, imaginarios y por imaginar de todo el Universo y alrededores.

Cuanto menos se conoce sobre un tema, mejor. Más se puede opinar. Es más: para opinar, por ejemplo, sobre una serie, no hay que verla. Si la viste, no vale. Eso te limita la libertad de expresión, de opinión. Porque la opinión tiene que fluir libre, sin límite alguno. Para opinar no hay que saber. Hay que no saber. El saber limita la opinión. Es castrador. Así funciona el pólemos.

Para saber sobre un tema, para averiguar, hay que ponerse a leer, a preguntar, y eso te quitar tiempo y energía para pelear, odiar, putear. Saber le quita el sentido al vicio del pólemos, que es la opinión pura, limpia, virgen de todo conocimiento. La opinión tiene que ser veloz, punzante, llena de veneno. Tiene que ser dañina, puro odio: el dato debilita. La opinión no se mancha. El dato y el conocimiento manchan. La opinión debe ser inmaculada, perfecta. No se sale solo de este infierno. Sumarme al grupo me ayudó mucho. En «Dar la cara» hablamos, contamos nuestros casos, recibimos ayuda de los profesionales a partir de una escucha atenta, profesional, pero también amorosa, con un contacto humano, propio del mundo real. Hacemos lecturas, vemos textos sobre el tema y después reflexionamos. Charlamos mucho sobre las ideas de Byung-Chul Han y otros pensadores. Los textos los proponen los coordinadores y las coordinadoras. Y la gente del grupo acepta, sin polemizar.

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PUBLICADO EN LANUEVACOMUNA.COM

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