LA RECUPERACION DE LAS EXPORTACIONES, POR LA FUERZA DEL AGRO

La recuperación de las exportaciones, por la fuerza del agro

Las importaciones anuales de bienes, en tanto, llegaron a 65.441 millones de dólares, descendiendo 2,7% en relación con el año anterior. El principal componente de las exportaciones son las manufacturas de origen agropecuario (aceites, harinas, carnes o frutas procesadas o alimentos elaborados), seguido de los bienes industriales (especialmente automotores, químicos, plásticos y máquinas y aparatos), después de lo cual aparecen en relevancia los bienes primarios (donde los granos de origen agropecuario son el componente relevante). Los primarios más los manufacturados de origen agropecuario adentran un gran conjunto de agroexportaciones predominante. Mientras, la composición de las importaciones es principalmente explicada por los bienes intermedios (insumos para la producción industrial), después de lo cual aparecen en relevancia los bienes de capital (inversión) y las piezas y accesorios para los bienes de capital (para armado o reposición dirigidos a la producción).

En el inicio del corriente 2019 las exportaciones aún no han comenzado a crecer, pero debe preverse que la excelente cosecha de este ejercicio hará que este año las exportaciones arrojarán un crecimiento de alrededor de 15% (alcanzando casi 70.000 millones de dólares) lo que además permitirá lograr un superávit comercial de holgado.

Las exportaciones de 2019, por ende, incrementarán la participación de bienes de origen agropecuario (sean primarios o manufacturados). Exportaciones por unos 70.000 millones de dólares supondrán una cifra superior a las alcanzadas desde 2015 hasta hoy, pero aún menor a los logradas en 2013, 2012 y 2011, cuando los precios internacionales empujaban aún más favorablemente las ventas externas. Mejorarán, así, los ingresos de dólares comerciales (especialmente en los inminentes próximos meses cuando se exporta la cosecha gruesa), aunque sin cambiar la matriz argentina: dos tercios de las ventas externas se componen de bienes de origen agropecuario.

Y se consolidará un mapa de mercados con relevante presencia de los emergentes que adquieren nuestras agroexportaciones. Ya el año anterior las exportaciones dirigidas a Asia (15.846 millones de dólares) superaron las que se dirigieron al Mercosur (que absorbió 11.261 millones), así como esas exportaciones destinadas al continente asiático fueron mayores que las enviadas al continente europeo (que recibió 11.870 millones,); mientras las exportaciones a los países de Asia Pacifico superaron holgadamente -por más de 2.100 millones de dólares- a las exportaciones dirigidas a la Unión Europea (9.219 millones de dólares); o incluso las exportaciones enviadas a África (4.563 millones de dólares) fueron mayores que las destinadas a cualquier país del mundo a excepción de Brasil.

Los resultados de 2019 mostrarán, una vez más, que las agroexportaciones argentinas componen el sector de nuestra economía que compite internacionalmente en igualdad de condiciones con los más exitosos en su rubro en el planeta. Al respecto, pues, conviene insistir que, pese a lo que comúnmente se afirma en relación a que estas exportaciones “no agregan valor”, la realidad es la opuesta: P. Sullivan (“Value-driven intelectual capital”, publicado en el año 2000) enseña que los economistas han descrito tradicionalmente a los recursos necesarios para la empresa industrial en términos de tres tipo clásicos: tierra, trabajo y capital, pero la nueva idea de “capital intelectual” es la que hoy hace la diferencia y el “poder intelectual de la organización” es la fuerza más significativa, con un valor comparable al de los tres tradicionales.

Lo que el “sistema” agroexportador genera (más que nadie) en 2019 en Argentina es “capital intelectual”: según explica desde Chicago, Mariano Bernárdez (en “Capital Intelectual”, 2008, Global Business Press) éste se basa en que el factor diferenciante en las organizaciones que compiten en la economía del conocimiento hoy no es ya su acceso a las materias primas o a recursos financieros, sino su aptitud para aplicar en forma innovadora y eficiente el capital científico, tecnológico o artístico a la generación de productos y servicios que respondan en tiempo real o incluso anticipen una demanda global creciente. Esto es: el conocimiento (incluso previo) se transforma en capital intelectual cuando logra condiciones y ecosistemas sociales que permiten trasladar su aplicación y difusión práctica.

Parte así de la idea de Drucker consistente en que la economía del conocimiento requiere que las organizaciones “dispongan y apliquen” nuevos conceptos, herramientas y tecnología para crear know how. Eso es lo que ocurre entre nosotros con la agrogenética, la siembra directa, los modelos de producción en redes, la innovadora maquinaria agrícola, la agricultura de precisión, la ingeniería agrícola. Y allí está el valor.

Los mismos recursos naturales que han estado ahí por décadas cada vez permiten producir más por ese capital intelectual (luego, la diferencia es éste y no aquellos). Parece abrevado en la enseñanza de Juan B Say hace 3 siglos, cuando advertía que el conocimiento no es suficiente, sino que, siendo de base científico, el conocimiento es relevante cuando y donde se pone en práctica. El último conocimiento global se pone en práctica en pocos lugares del mundo como en el “sistema agroproductor” argentino.

AMBITO

PUBLICADO EN LANUEVACOMUNA.COM

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