CFK BUSCANDO LA UNIDAD: QUE VEN CUANDO LA VEN

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Qué ven cuando la ven

Rompe el cerco K para militar la unidad. En el Instituto Patria pero también en visitas a dirigentes de todo pelaje, escucha más de lo que habla y reconstruye puentes. La omnipresencia de Alberto F.

Mantiene la incertidumbre sobre si será candidata, pero está abocada por completo al armado de un frente opositor lo más amplio posible para ganarle a Mauricio Macri. Recibe a antiguos enemigos, reconstruye canales de diálogo que parecían rotos y tiende puentes con los que alguna vez fueron tildados de traidores por un séquito que parece haberse adaptado – a la fuerza – a la nueva etapa de reconciliaciones celebradas en pos del fin superior de la derrota macrista. En el Instituto Patria, en su casa y también en las invitaciones a almuerzos y cenas en hogares ajenos que acepta gustosa, Cristina Fernández de Kirchner sorprende a sus interlocutores en charlas abiertas y extensas que no incluyen pases de facturas. Abierta a escuchar, pregunta en profundidad y se muestra entera ante su situación judicial.

CFK sorprende a sus interlocutores en charlas abiertas y extensas que no incluyen pases de facturas.
Los que comparten con ella reuniones y diálogos políticos coinciden en el diagnóstico. “Es otra Cristina”, distinta a la que daba órdenes duras desde el poder y condenaba a los que se apartaban de la línea kirchnerista. Los relatos de sus interlocutores coinciden: lejos de los monólogos, pregunta mucho, deja hablar largo y tendido, escucha análisis, críticas y diagnósticos pesimistas e interviene y repregunta sobre los temas que sean de dominio de quien responde.

Las reuniones son extensas. Con los dirigentes del Movimiento Evita Emilio Pérsico, Fernando “Chino” Navarro y Leonardo Grosso habló tres horas, entre mate, té y galletitas. Preguntó en profundidad sobre la situación social en los barrios, los comedores, el trabajo informal y los proyectos de agricultura familiar. No hubo pases de facturas, reproches ni pedidos de explicaciones. Quedaron en seguir la charla en una cena en la casa de alguno de los presentes.

En ése, como en todos los reencuentros, la ex presidenta fue directo al mismo punto: la necesidad de construir la unidad para ganarle a Macri, hacer acuerdos amplios, generar consensos. “Me sorprendió verla sin ningún tipo de preconceptos. Está muy abierta a escuchar”, relató a este portal uno de los dirigentes que desfiló por el Patria en los últimos meses, hacía años que no cruzaba palabra con Cristina y se sorprendió al recibir el convite para hablar con ella.

Las noticias sobre las reuniones de reconciliación nunca salen de su entorno. Cristina tampoco da instrucciones sobre si se pueden difundir o no. La decisión queda a criterio del interlocutor. Felipe Solá, por caso, contó su encuentro en una entrevista con La Nación, el 22 de agosto de 2018. Se habían visto después de once años, el 1 de agosto, el mismo día que explotó el escándalo de los cuadernos. El diputado dijo que la conversación fue “muy cordial” y que hablaron de la necesidad de “juntarse, juntarse y juntarse” para derrotar a Macri. Las charlas siguieron.

 

Julio de 2008: Alberto Fernández se distanciaba de CFK. Once años después, casi que vive en el Instituto Patria.

Los visitantes circunstanciales y asiduos del Instituto Patria coinciden en ubicar en un lugar fundamental a Alberto Fernández, con quien Cristina retomó el diálogo en diciembre de 2017, tras una década de distancia. Fernández es el dirigente que hoy tiene mayor cercanía con la ex presidenta y el componedor de las relaciones rotas. Su omnipresencia y su afán de reconciliación con todo el arco peronista, a la manera amplia del primer kirchnerismo, provoca cierto recelo en los principales actores del tiempo tardío, que acatan las órdenes de su jefa política pero siguen mirando con desconfianza el regreso de los exiliados, ésos que se habían ido alejando hartos de los modos K, el estilo ultra personalista de conducción de Cristina y el empoderamiento de La Cámpora a partir de la muerte de Néstor Kirchner.

La omnipresencia de Alberto Fernández y sus oficios de celestino provocan cierto recelo en el núcleo duro K.
Con su ex jefe de Gabinete, CFK recibe a todos los dirigentes que la visitan en su oficina. Fernández también la acompaña a almuerzos y cenas con dirigentes políticos y viaja a El Calafate cuando la ex presidenta se instala allá. La senadora pasó allí en diciembre las Fiestas con su familia, hizo un viaje relámpago a Buenos Aires para hacerse chequeos médicos a mitad de enero y volvió al Sur, donde estuvo hasta principios de febrero.

Desde El Calafate, Cristina monitoreó durante enero las negociaciones por el armado de las listas en las provincias y les dio instrucciones a todos los dirigentes que le responden de que cierren nóminas de unidad del peronismo. “Que pierda Cambiemos” es la orden que rige como un mantra en todos los distritos y marca el camino de los acuerdos que los referentes kirchneristas sellan aún con los gobernadores que hace tres años armaron una liga para intentar la renovación peronista sin Cristina, como Gustavo Bordet. La propia ex presidenta decretó la indulgencia y se encargó personalmente de destrabar las conversaciones para que el kirchnerismo se encolumnara detrás de Bordet y lo acompañara en su marcha hacia la reelección. A cambio, el entrerriano tomó distancia de Alternativa Federal. Fernández fue el nexo en la comunicación.

El ex jefe de Gabinete también fue el artífice de los reencuentros de Cristina con el Movimiento Evita y Solá y de su contacto con Eduardo Duhalde. El ex jefe de Gabinete – también hacedor del primer acercamiento entre Duhalde y Néstor Kirchner – convenció a Cristina de que lo llamara. La ex presidenta se contactó por primera vez antes de que Duhalde se sometiera a una operación de columna, en noviembre de 2018. Según contó el ex presidente al diario La Nación, fue para recomendarle un especialista. Tras la intervención quirúrgica, el ex gobernador bonaerense le devolvió el llamado. “Fue para agradecerle el gesto (…) Me contó que estaba cuidando a su nieta. Y de eso hablamos. De los nietos”, dijo.

El llamado de cortesía por cuestiones de salud, la charla sobre temas familiares, los achaques del tiempo y los buenos deseos personales empezaron a tejer el renacimiento de un vínculo que yacía muerto desde 2005, cuando se desató la guerra bonaerense entre Hilda “Chiche” Duhalde y CFK que derivó en la ruptura política entre sus maridos. “Si tuve problemas con Cristina ya me los olvidé”, sentenció, conciliador, el peronista.

Es bueno recordarlo: en aquel tiempo, la entonces senadora estuvo al borde de decirle mafioso al cacique de Lomas de Zamora cuando, sin mencionarlo, vinculó sus maneras de proceder con “el guión de la película El Padrino”.

¿Pueden dos personas como Cristina y Duhalde no haber hablado de política? “Imposible”, dice un dirigente de diálogo frecuente con la ex presidenta que apuesta a que la charla debió haber seguido de manera personal. En público, Duhalde dijo que hubo cruce de mensajes “por intermedio de amigos”. “En uno de esos mensajes, Cristina me decía que no veía mal lo de (Roberto) Lavagna”, señaló. Al ex ministro de Economía también lo sondearon para saber si se sentaría a hablar con la senadora. Fue a través del ex canciller Rafael Bielsa, que almuerza con frecuencia con Lavagna.

Florencio Randazzo también fue invitado a volver al redil. Fernández le encomendó esa misión, hace cuatro meses, al ex representante argentino ante el Vaticano Eduardo Valdés. El ex ministro dijo que lo iba a pensar. El ex jefe de Gabinete fue también quien acercó al ex secretario de Finanzas Guillermo Nielsen, como Lavagna distanciado del kirchnerismo desde 2005, y un fuerte crítico de Axel Kicillof, una de las voces con mayor llegada a la ex presidenta y su principal referente económico. Preocupada por la situación económica, Cristina quiso escuchar otra campana, el diagnóstico de Nielsen, a quien interrogó en materia de sustentabilidad de la deuda en noviembre pasado. Tres meses antes se había concretado la reconciliación con Hugo Moyano, foto y sonrisas incluidas.

Fernández tiene línea directa con Sergio Massa, que también dialoga con Eduardo “Wado” de Pedro, otra pieza fundamental en el entorno de Cristina. De Pedro se mueve en tándem permanente con Máximo Kirchner. Es el hombre de confianza de la ex presidenta en la Justicia y teje lazos con el peronismo no kirchnerista. De Pedro trabaja para acercar a Cristina con Massa, que asegura que hace nueve años que no habla con la senadora.

La apertura cristinista incluye el diálogo con dirigentes que fueron críticos de toda la gestión K, como Fernando “Pino” Solanas, quien salió a pedirle a CFK que se ponga “urgente” al frente de la conducción del armado nacional y popular, y la diputada Victoria Donda – una exiliada temprana -, con quien hablan Solá y el Evita.

El círculo íntimo que forman Fernández, Máximo, Kicillof, De Pedro y Valdés, que sigue siendo el nexo con la Santa Sede, se completa con Oscar Parrilli y el primer repatriado kirchnerista, Jorge Taiana, con quien Cristina se reconcilió en 2017 -había sido desterrado del universo K por mantener diálogo con periodistas de Clarín-, mientras su ex jefe de Gabinete acompañaba a Randazzo en su aventura bonaerense. Cristina también mantiene un diálogo permanente con Jorge Capitanich. El intendente de Resistencia, dirigente de su máxima confianza, la visita en su departamento de la calle Juncal cuando viaja a Buenos Aires. La senadora provincial Teresa García y la senadora nacional Anabel Fernández Sagasti – posible candidata a gobernadora de Mendoza y compañera de bloque de Cristina – también reciben instrucciones directas de la ex mandataria.

CRISTINA CENADORA. Pero las reuniones de Cristina no solo transcurren en territorio propio. Fuera del Instituto Patria y de su casa de Recoleta, la ex presidenta acepta múltiples invitaciones y convites a eventos sociales, almuerzos y cenas que se celebran, en general, en casas de dirigentes políticos amigos. Relajada, la senadora incursiona en territorio ajeno, muchas veces para coincidir con antiguos rivales, entre vino, carne y achuras, que compiten con la provoleta en el ránking de sus debilidades.

En 2017 estuvo varias veces en el quincho del diputado Juan Cabandie, donde compartió asados con intendentes bonaerenses. A fin de 2018, visitó por primera vez la casa de su ex ministro de Trabajo, Carlos Tomada. La ex presidenta llegó acompañada por Fernández, Taiana y Máximo y compartió la mesa con la familia del legislador porteño. La tertulia empezó al mediodía y se extendió durante horas.

Relajada, la senadora incursiona en territorio ajeno, muchas veces para coincidir con antiguos rivales, entre vino, carne y achuras, que compiten con la provoleta en el ránking de sus debilidades.
Cristina también visita con frecuencia el Café de las Palabras, el local que Valdés tiene en la calle Guardia Vieja, en el barrio de Almagro, una especie de refugio plagado de simbología peronista nacional y popular que aporta la atmósfera ideal para los reencuentros y reuniones de acercamiento. En abril de 2018, la ex presidenta almorzó ahí con el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, que le regaló un cuadro.

“Está encima de todos los temas, conoce a los dirigentes de todas las provincias, está atenta a todos los cierres y muy preocupada por la bomba económica que deja Macri”, dicen cerca de la ex presidenta.

Su situación judicial parece no ser un tema central. “Está muy entera, con mucha fuerza, no se la ve demasiado preocupada por ese tema”, le contó a Letra P un dirigente que conversó con Cristina en los últimos tiempos. La preocupación crece, sí, cuando la cuestión judicial roza a sus hijos, Máximo y Florencia, ambos procesados por asociación ilícita en la causa Los Sauces.

Los gestos de apertura, tolerancia y renovación son elocuentes. La decisión electoral todavía mantiene el sello cristinista: misterio hasta el final.

LETRA P

PUBLICADO EN LANUEVACOMUNA.COM

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