ELLA SE LLAMABA MELISA: «QUE SE HAGA JUSTICIA, SON PERSONAS PODEROSAS LAS QUE ESTAN ATRAS DE ESTO»

Cuando la muerte roba a las mejores…

Se llamaba Melisa. Era hija de Mercedes y Daniel y nació un 17 de Abril de 1995 en la provincia de Corrientes. Nada la hizo pensar que, casi 20 años después, se toparía con una trágica muerte, a bastante más de mil kilómetros de su ciudad natal.
La vida hizo que Melisa se enamorara de un marinero y el amor fue tan grande y los colmó de tanta felicidad que decidieron que la vida juntos iba a ser lo mejor que les podía pasar.
Melisa enamorada siguió los pasos de Matías, enlistado en Prefectura y asignado para cumplir funciones en Puerto Quequén. Desde hacía aproximadamente un año que la joven pareja se había radicado en una vivienda de las calles 507 y 536 de la localidad de Quequén.
Melisa decidió ocupar su tiempo, sus sueños y su dedicación en seguir una carrera terciaria en el Instituto Superior de Formación Docente y Técnica Nº 31 de Necochea: la Tecnicatura Superior en Administración de PyMES.
El destino quiso que una tarde cualquiera, húmeda y lluviosa, Melisa volviera a su casa luego de cursar. Volvió antes del horario habitual porque se avecinaba una tormenta. Lo que nunca imaginó era que la tempestad iba a desatarse puertas adentro de su casa.
Quizás fue una tarde cualquiera para los empresarios, para los funcionarios públicos y para algunos medios de comunicación que, por acción, negligencia u omisión trataron al incidente con una, hasta ahora, increíble liviandad.
Pero para Melisa Núñez no fue una tarde cualquiera. Cinco horas antes de su regreso, un depósito de Phostoxin había literalmente explotado a pocos metros de su casa, y al cruzar la puerta se encontró con la misma muerte flotando en el aire, brotando de las cloacas, inundando, silenciosamente, sus pulmones, mientras intentaba descansar.
Tampoco fue una tarde cualquiera para su esposo, que recibió el desesperado llamado en búsqueda de ayuda y trasladó a su mujer, moribunda, al hospital municipal. Quienes la atendieron no podían entender cómo una joven de 19 años con una historia clínica impecable presentaba un cuadro para nada habitual. La muerte comenzó a hacer su trabajo, implacable.
La agonía fue desesperante, tanto para la familia como para los varios médicos y enfermeras que la atendieron: nadie tenía idea por qué la vida de Melisa se estaba yendo. En menos de media hora su cuerpo explotó por dentro.
Horas después, su madre llegó a la ciudad. Había recibido la noticia sobre la hospitalización y decidió viajar inmediatamente. Mercedes tampoco pensaba que, un día cualquiera, iba a encontrar a su hija sin vida pero así ocurrió. ¿Con qué cara la iba a mirar el «destino»?
Angustia, desesperación, no hay palabras para definir lo que siente una madre cuando lo mejor del amor, una hija, se muere. Maldijo este lugar, porque enseguida se dio cuenta que algo raro había ocurrido y presintió que se intentaba ocultar.
Con el correr de las horas decidió regresar con el cuerpo de Melisa a su Corrientes natal. Matías, aturdido por el dolor, no supo bien qué hacer. Sus compañeros de trabajo, jóvenes de Prefectura, juntaron solidariamente los treinta mil pesos necesarios para el traslado.
Nadie se hizo cargo del cuerpo de Melisa. Ni el empresario, ni el Estado, ni la Justicia. Sólo una acción colectiva la devolvió junto a su familia.
El cuerpo de Melisa ya no está entre nosotros y todos saben que el «destino» que la llevó a la muerte tiene nombres y apellidos. «Son gente poderosa, son gente poderosa la que está detrás de esto» dijo la madre desconsolada, quebrada por el llanto.
Los sueños de Melisa, la angustia, el dolor, la incertidumbre, permanecen murmurando por las calles de Quequén y también de Necochea. Nadie, tampoco, se hace cargo de ellos. Quizás, en este caso también, haga falta una acción colectiva que nos devuelva a la vida.

Alfredo Barros – Johana Radusky / LANUEVACOMUNA.COM

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