10 de febrero de 2019

LA MEDIOCRIDAD DE MACRI



La mediocridad de Macri.





“Cuando hombres pequeños acometen grandes empresas —decía Napoleón—, terminan reduciéndolas al nivel de su mediocridad”.

Desde fines de 2015, los destinos de la Argentina están en manos de un grupo de hombres y mujeres de una mediocridad rampante. Ustedes dirán: ojo, que hay algunas cosas que hacen con excelencia. Como mentir, sin ir más lejos; o concretar negocios, generalmente estafando al Estado o burlando a la ley. Pero el hecho de que hayan mentido con total descaro o fugado dólares a carradas no supone excelencia en sentido estricto. Una mentira soberbia sería aquella que nadie percibe como tal; y en este país, hasta la persona más desprovista de luces entendió ya que el gobierno es un fabricante de mentiras más trucho que el de la canción de Charly. En el segundo caso, aun cuando es cierto que multiplican sus fortunas de forma non sancta, están dejando huellas de sus crímenes por todas partes; de modo que, eventualmente, para condenarlos no hará falta decreto excepcional ni exención de dominio alguno, porque hasta el inspector Clouseau estará en condiciones de llevarlos ante la Justicia.

Al frente de la cáfila está Macri, el proverbial hombre sin atributos. (El título de la novela original de Musil era Der Mann ohne Eigenschaften, lo cual se traduce más naturalmente como El hombre sin cualidades y lo define aún mejor.) Ustedes dirán: pero alguna cualidad debe tener, para haber llegado donde llegó. Es ahí donde entra a jugar la cita de Napoleón.

Si el gobierno sigue en pie a pesar de la crisis humanitaria en que nos sume; si se muestra funcional, aunque las calamidades que produce se multipliquen a diario; si aun así conserva posibilidades de retener el poder, se debe a que metió a la enorme mayoría de los argentinos en una morsa y la aplastó hasta reducirla, con notoria eficacia, al nivel de su mediocridad. (Con la ayuda de las grandes empresas periodísticas, claro, que tanto saben de esto y nos aleccionan respecto de la dignidad de las madres adolescentes y la gente que rebusca en la basura. Como decía el genial Jimmy Breslin: en realidad medios es el plural de la palabra mediocridad.)

Una línea central de la argumentación político-cultural de Cambiemos ha sido que el pueblo no se merecía el nivel de vida al que había accedido. Recuerden las tan escandalosas como insistentes declaraciones de González Fraga y su calaña: los gobiernos previos nos habían hecho creer que estábamos en condiciones de costearnos celulares, aires acondicionados, vacaciones, autos, motos, servicios públicos, zapatillas y tantos otros signos de afluencia excepcional.

Ese otro Mann ohne Eigenschaften que es Esteban Bullrich lo expresó de modo confluyente: debíamos —dijo— acostumbrarnos a la incertidumbre. La gente excepcional vive en la certeza, sabe de sus talentos, de su estatura y de su posición, planea y construye proyectando a futuro; la incertidumbre, en cambio, quedaría para aquellxs que no saben bien a qué podrían aspirar, qué merecerían. Por eso el populacho apostaría sus destinos a lo que llamamos suerte, porque no puede planear ni construir y por ende no estaría en condiciones de prosperar científicamente. En la cosmovisión de Bullrich —ja: debería llamarse Nullrich, la nulidad millonaria— es lógico que la existencia del vulgo esté librada a la buena fortuna… o a la falta de ella.

Este era el contexto que enmarcaba el despojo que empezamos a sufrir, en materia de bienes pero también de derechos esenciales: no se nos quitaba aquello que habíamos adquirido trabajando, o como coronación de un reclamo justo, sino algo de lo que nos habíamos apoderado —que nos había sido concedido— de manera fraudulenta.

Así se hace fácil leer la aparente apatía de parte del pueblo, que vendría tolerando el despojo con la cabeza gacha, en este marco de explotación de sus inseguridades esenciales. Si bien por un lado la mediocridad de los explotadores es manifiesta —a diferencia de otras aristocracias, ni siquiera son carismáticos o encantadores—, al mismo tiempo es verdad que ellos son poderosos y nosotros no; gente que tiene millones (en su mayoría, por obra y gracia de las leyes de herencia), que está en posesión de ese talismán internacional que es el dinero y que por ende ocupa el comando de la nave social, o al menos viaja en primera. Ellos serían triunfadores natos y nosotros no. Por eso, a pesar de que nos consideremos adultos en pleno uso de sus facultades, seguimos sucumbiendo a la lógica impuesta por el dueño de la pelota. Cuando llegaba el pibe a la canchita con la de cuero, nadie cuestionaba cómo la había obtenido. Su palabra era ley: si decía que podíamos jugar, jugábamos, y si no…

El pueblo estaría entregando mansamente aquello a lo cual en el fondo cree no haber hecho méritos para aspirar. Lo nuestro sería la antimeritocracia, razón por lo cual la mera mención de una meritocracia funcionaría como kryptonita y nos despojaría de poderes. Por eso la resignación general contrastaría con la energía tumoral que despliegan los Dueños de la Pelota. (No apelo al adjetivo tumoral con ingenuidad. Creo que describe como pocos el impulso de esta gente, que multiplica sus tropelías del mismo modo en que se multiplica un tejido de células enloquecidas: convencida de que su avance significa que está ganando, cuando todo lo que significa es que condena al organismo madre a una destrucción de la que tampoco escapará.)

Esa sería nuestra Trampa-22, o en este caso puntual nuestra Trampa-(20)19. Para evitar este año que el país siga bajo el mando de esta gente, tendríamos que estar a la altura de nuestros mejores sueños y desplegar la energía arrolladora que contagian las causas justas y urgentes; pero la fenomenal maquinaria comunicacional del poder nos convenció de que somos unos buenos para nada y por eso estaríamos pinchados, un tableaux vivant que transmite tristeza a simple vista — la Alegoría de la derrota, 2019, ¿autor anónimo?

Tal como nos vemos reflejados en la mirada de estos otros —así es la imagen nuestra que devuelven sus espejos— somos gente incapaz de ponerse de acuerdo ni para sostener una escalera, mientras trata de cambiar una lamparita en una casa desprovista de energía eléctrica.

MACRILANDIA

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ALFREDO BARROS

 

 

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