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20 de agosto de 2017

LA ESCUELA DESFASADA Y EL EUFEMISMO DIGITAL




La escuela desfasada y el eufemismo digital

La educación argentina mantiene un formato obsoleto y antiguo. Si queremos insertar a nuestro país en el futuro, es necesario implementar cambios desde la raíz. Cómo hacerlo y a qué panorama nos enfrentamos.


El nuevo siglo y la era informática han generado cambios en todas las disciplinas y la formación escolar no escapa a esta situación. Se han vuelto moneda corriente algunas frases referidas al fracaso y al escaso interés de los estudiantes. Una de estas expresiones, común entre los profesores, es: “Mis alumnos no aprenden o no logran alcanzar los objetivos que me propongo”.

Dado que, como docentes, la situación no nos resulta ajena, estableceremos en este artículo cuáles son para nosotros las raíces de esta problemática, ya que, como plantea la Licenciada en Ciencias de la Educación, Flavia Terigi (1999), consideramos que el campo educativo se encuentra en situación de “estallido”. Teniendo en cuenta que el análisis de la formación escolar tiene múltiples variables y que cada una merece observaciones particulares, nosotros acotaremos el análisis a la vinculación con el campo del trabajo y a la formación docente.

Una primera cuestión que nos resulta llamativa y que consideramos contradictoria, es la preparación para el mundo laboral que reclaman los diseños curriculares oficiales. Pese a este “pedido”, los contenidos propuestos carecen de actualidad y de articulación alguna con el campo del trabajo. En sus orígenes, la escuela masiva fue pensada para responder a las demandas del modelo de producción fordista y a la administración científica concebida por Frederick Winslow Taylor: la institución aplicó las recomendaciones de la psicología conductista y las filosofías taylorista y fordista en las estrategias de enseñanza, aprendizaje y evaluación, como así también en la selección de los contenidos culturales necesarios para los ciudadanos en el futuro.

Pese a que estos paradigmas han mutado rotundamente, la estructura escolar sigue respondiendo a dicha lógica y por ello nosotros consideramos que la escuela es anacrónica. Similar análisis realiza el Catedrático de Didáctica y Organización Escolar en la Universidad de A Coruña, Jurjo Torres Santomé (1994), que afirma que en el cambiante y complejo mundo contemporáneo (y también en el mundo del trabajo) se tienden a valorar otros atributos, como la capacidad para resolver problemas, la iniciativa y la capacidad para trabajar en equipo, entre diversas cuestiones, y esgrime que “cada modelo de producción y distribución requiere personas con unas determinadas capacidades, conocimientos, habilidades y valores”.

Al respecto, observamos que en la actualidad el paradigma de producción dominante es otro, en el que la producción en serie ya no rige: pasa a ser una producción en red y supone una modificación en los puestos de trabajo “tradicionales”. Por ello, coincidimos con Torres en que las instituciones escolares, si quieren articularse con el mundo laboral, deben “formar personas con conocimientos, destrezas, procedimientos y valores acordes con esta nueva filosofía económica”.

A esto hay que sumarle la revolución informática, que supone el achicamiento de las fronteras y el acceso irrestricto a la información (este último punto será abordado luego). Estos cambios deberían generar una adecuación en las estructuras, pero también en los contenidos escolares, que ya dan muestra de ser obsoletos, situación que se manifiesta en el escaso interés de los estudiantes que ven a la escuela como un lugar de paso y de escaso valor para su futuro. Alguien podrá objetarnos que se han implementado cambios en los diseños curriculares, pero nosotros los invitamos a leer esos documentos con atención y comprobar que dichas modificaciones son solo nominales: son eufemismos que disfrazan las prácticas y los contenidos tradicionales.Es decir, estas líneas muchas veces son formuladas como intenciones educativas, pero luego no son efectivamente aplicadas, sobre todo en la evaluación donde se terminan considerando los aspectos cognitivos y psicométricos únicamente.

Esta línea de análisis nos lleva a la conclusión de que la educación masificada (como se pensó tradicionalmente) ya no sirve y además produce la despersonalización y el consecuente atentado contra el conocimiento del alumno. Como plantean la Licenciada en Ciencias de la Educación, Silvia Duschatzky, y la Licenciada en Psicología, Elina Aguirre (2013), es necesario “conocer a qué son sensibles los pibes, a qué son propensos, qué los afecta, de qué modos son afectados, qué los desafía, qué pueden, cómo elaboran sus experiencias..., de forma tal de diseñar invitaciones a un hacer que active lo que podrían, lo que podríamos juntos”. En este sentido, consideramos viable (y necesario) el camino que plantean las autoras acerca de “La escuela minimalista” para hacer frente a este nuevo contexto versátil, flexible y cambiante, que agota todas las fórmulas prediseñadas y nos exige estar ahí, no como mera presencia física, sino abocándonos a las necesidades de cada estudiante.



Para intentar desarrollar y potenciar los talentos de cada alumno, la educación podría basarse en “La Teoría de las Inteligencias Múltiples” ideada por el psicólogo estadounidense Howard Gardner, según la cual la vida humana requiere del desarrollo de varios tipos de inteligencia. En sus estudios, el autor ha logrado identificar y definir hasta ocho clases de inteligencia: lingüística, lógico-matemática, espacial, musical, corporal y cinestésica, intrapersonal, interpersonal, y naturalista. Dado esto, podemos afirmar que no existen personas más inteligentes que otras, sino que cada una despliega un tipo de inteligencia diferente, y que para que nuestros alumnos se desarrollen en plenitud, es necesario potenciar los talentos que cada uno tenga sin importar el tipo de inteligencia que mejor dominen, ya que ninguna de las ocho es más importante o valiosa que las demás. Por ello, es necesario que los educadores entendamos que no hay dos personas iguales y que una misma persona no se comporta de igual forma frente a distintas circunstancias.

Seguramente surgirán planteos (acertados) de que este camino es imposible de tomar cuando los docentes nos enfrentamos a grupos cada vez más numerosos y heterogéneos. Esto es cierto: no es posible llevar un registro de cada estudiante cuando tenemos aulas que superan las cuarenta personas y cuando debemos tener más de diez cursos para llegar a un sueldo digno. Por esto volvemos al objetivo de los diseños curriculares y llamamos la atención sobre una segunda contradicción interna: la atención a la diversidad. Esto es muy loable e imprescindible, pero debemos desterrar ese equívoco de “justicia” que se esconde detrás de “la misma prueba para todos”. Además, no se podrá llevar a cabo sin cambios estructurales como los citados anteriormente: la cantidad de estudiantes por curso y el salario y la formación docente (desde nuestro lugar reclamamos educación de calidad para todos).



Respecto a esto último, los profesores deben ser capacitados para afrontar los nuevos desafíos que, como esgrime el Filósofo francés, Gilles Deleuze (1995), supone un nuevo paradigma: el del mercado mundial de la economía y la globalidad de la información, ese que aporta respuestas inmediatas a los niños (alcanza con un click) y los transforma en alumnos que, como se escucha frecuentemente, “ya no son como los de antes”. Es indudable que los docentes debemos hablar el mismo “lenguaje” que nuestros estudiantes: el de la tecnología, pero también es indudable que de nada servirá si nos apegamos a los formatos tradicionales y solo los disfrazamos detrás de una pantalla para convertirlos en un “eufemismo digital”.



Las dos necesidades que hemos planteado, la de forjar nuevas estructuras escolares con contenidos actualizados, y la de producir una nueva formación docente, requieren también de un nuevo papel de la institución escolar, la que, como afirma la Magister en Educación y Sociedad, Guillermina Tiramonti (2005), debe “acoger a los nuevos en la trama ya tejida”, pero no para enseñarles cómo hacer las cosas, sino “para que ellos hagan su propio aporte y tejan su propia tela”.

Grave error sería el de “hacer las cosas como eran antes”: no se trata de retornar a un pasado que fue alterado y contaminado, ya que esa nostalgia no produce ningún fruto. Por el contrario, es necesario construir una institución articulada con su contexto, capaz de reconocer los nuevos códigos culturales, las múltiples experiencias educativas, y fomentar la formación de ciudadanos con destrezas para insertarse en el campo laboral, pero a su vez críticos y activos para defender sus derechos como así también con capacidad de intervenir y transformar el presente y proyectar el futuro.

Por Nahuel Curone Guerrero
*El autor es Profesor en Comunicación Social graduado en la Universidad Nacional de La Plata
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