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2 de abril de 2017

EL VERDADERO DILEMA DEL MOVIMIENTO NACIONAL Y POPULAR





El verdadero dilema del movimiento nacional y popular


Hernan Brienza No se trata de la interna de la provincia de Buenos Aires. Ni de las elecciones de medio término en octubre. Tampoco se trata de candidatos ni de internas. Me animaría a sostener que ni siquiera lo más importante es el horizonte ya relativamente cercano del 2019. Para el movimiento nacional y popular –en sentido amplio, incluyendo las transversalidad construida por el Peronismo, el Kirchnerismo, el progresismo, sectores de izquierda- la decisión fundamental a tomar en los próximos años no es, en última instancia y aunque lo sea, ideológica. Es puramente volitiva, es decir está en el orden de la voluntad política, y se refiere por sobre todas las cosas al nivel de confrontación que está dispuesto a asumir en la próxima etapa.
La cuestión es sencilla: Después del planchazo que significó la distribución regresiva del período liberal conservador -iniciado en 1975 con el Rodrigazo o en 1976 con José Alfredo Martínez de Hoz y concluido en diciembre de 2001-, el Kirchnerismo habilitó nuevamente un proceso de puja distributiva en la economía argentina, a través de una redistribución positiva a favor de los sectores de los trabajadores y de la inyección de la demanda. Esto generó, como suele ocurrir, el círculo virtuoso de la economía pero, al mismo tiempo, despertó los recelos del monstruo represor dormido que anida dentro de la clase dominante argentina.

Los procesos destituyentes protagonizados por las organizaciones rurales, la furibunda campaña mediática de las empresas monopólicas de comunicación fueron las muestras adelantadas de lo que hoy tenemos: un gobierno de derecha dispuesto no sólo a clausurar la puja distributiva histórica -recordemos el proceso 1943-1975/76- con un enfriamiento brutal de la demanda y el consumo, y por lo tanto, de la economía en general. La ecuación para los sectores dominantes siempre es sencilla: en procesos de estancamiento económico todos los participantes pierden un poco respecto de los procesos de crecimiento, pero también es cierto –y he aquí la corta mirada- que permiten un mayor nivel de concentración y acumulación de riquezas, al menos en términos aparentes. La mezquindad de esos grupos hace surgir expresiones políticas acordes con esas necesidades, es decir, expresiones más o menos represivas.

El movimiento nacional y popular debe tomar notar que el anterior proceso de puja distributiva desembocó en la brutal derrota que significó el golpe del 24 de marzo de 1976. Y no se trata de una cuestión mitologizada de los enfrentamientos violentos, sino pura y exclusivamente en una transferencia de ingresos tan espantosa que liquidó hasta culturalmente toda posibilidad de puja distributiva positiva. Y debe tomar nota, no porque la historia se repita, sino porque simplemente se copia a sí misma.

El Macrismo significa el primer intento de clausurar esa puja distributiva, de domesticar y disciplinar a sus competidores: los trabajadores y los sectores pequeños y medianos, más industriales pero también agrícola-ganaderos. La respuesta al final del ciclo conducido por el inefable presidente con problemas de lectura oral –incluyendo sus continuaciones- vendrá más temprano que tarde. Y para cuando ocurra ese momento el movimiento nacional y popular deberá haber saldado las cuentas de su principal cuestión: aumentar o no el nivel de confrontación en la puja distributiva económica, política, cultural y simbólica, a riesgo de entrar en una espiral de enfrentamiento que pueda volver a ser costoso para los sectores del propio movimiento. Es decir, en algún momento, la puja volverá a obligar al dilema “matar o morir”, dilema que siempre marcó las limitaciones de la conciliación de clases que el Peronismo, como principal actor de los últimos setenta años, no pudo, no supo o no quiso superar.

Es que no es fácil superar esa valla. Hacerlo sin conciencia puede resultar, otra vez, suicida, o mejor dicho martirizante. Por lo tanto es necesario calcular seriamente la correlación de fuerzas real antes de emprender las nuevas batallas “terrenales y celestiales”, como diría el bueno de Leopoldo Marechal. ¿Con qué herramientas contará el movimiento nacional y popular para emprenderla contra los concentradores de siempre? ¿Sólo con la fragilidad de una mayoría electoral volátil, histérica y cambiante de humor debido a su mentalidad ocupada por los medios de comunicación masivos? ¿Puede hacerlo después de haber permitido que se derrumbaran los propios medios de comunicación en manos de empresarios impresentables? ¿Cuenta con la confianza de un sector industrial organizado o estos prefieren cambiar al rubro de la importación de baratijas orientales? ¿Están a la altura los líderes de la dirigencia obrera para enfrentarse con el poder real o sólo están entrenados para las carreras con salto de vallas cuando son sobrepasados por sus propias bases? ¿Existe realmente un bloque económico que aporte los recursos necesarios para llevar adelante la pelea o se cayó como castillo de naipe al primer vientito mediático judicial? ¿Tiene el movimiento nacional y popular una dirigencia –más allá de un liderazgo al que se le continúa exigiendo, después de casi tres lustros, heroísmos y esfuerzos sobrenaturales para que “salve las papas” mágica y milagreramente- preparada, en términos reales, es decir con juventud, voluntad, convicción, capacidad táctica y práctica, para enfrentar los momentos difíciles que se avecinan? ¿O simplemente el movimiento nacional y popular está entrenado para ganar  la “guerra” vía Whatshapp, Facebook y Twitter?

La puja distributiva se resuelve con poder real. Y se sufre con el cuerpo. Una cosa es resistir el avance de los concentradores de riqueza. Otra cosa es tener capacidad de articulación para dar el salto cualitativo de poder ejecutar con autoridad legítima y real. Subir el volumen del conflicto, en un hipotético caso de regreso al poder, nos condena a enfrentamientos fuertes en el seno de la argentinidad en un futuro mediano. Apaciguarlo nos convierte en una mera continuidad del “status quo”. Ser o no ser, y ser para qué, he allí el dilema. Esto es lo que hay que pensar con absoluta responsabilidad histórica. Lo demás es zaraza. Y parafraseando a Juan Domingo Perón, “esto o lo pensamos entre todos o no lo piensa nadie”.

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