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10 de agosto de 2016

POSTALES DE UN TANDIL QUE CIERRA




POSTALES DE UN TANDIL QUE CIERRA
El presente de la actividad económica tandilense pasa por uno de sus momentos más difíciles.
Despidos, cierres de locales comerciales, ventas que no repuntan, trabajadores que reclaman el pago de salarios atrasados durante meses y empresarios que no aparecen, configuran un escenario cargado de tensiones. El cocktail parece explosivo, aunque la opinión pública haga un enorme esfuerzo en mirar para otro lado justificando en el pasado los desaguisados del presente.
Una breve recorrida por el centro de la ciudad nos expone a escenas que habían quedado lejos en la memoria. La proliferación de negocios cerrados, persianas bajas, locales con carteles de alquiler y liquidaciones por cierre reflejan fielmente la caída de la actividad económica. Pueden contarse, sólo en el centro, alrededor de 16 locales que anuncian su cierre. El informe de julio de la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME) registró una caída del 8,1% en las ventas minoristas, advirtiendo siete meses consecutivos de baja en las ventas debido, fundamentalmente, a la pérdida del poder de compra de la población y al aumento excesivo de costos que ponen en jaque la sustentabilidad del sector.
El panorama es desolador. Comercios como “La Minerva”, una casa tradicional de venta de insumos de librería con más de medio siglo de actividad, anuncia su cierre definitivo con letras amarillas en la vidriera de su local ubicado en la calle Alem. El local donde funcionaba la histórica Casa Beige, donde casi todos los tandilenses alguna vez compramos un juego de toallas o sábanas, anuncia su cierre con grandes carteles rojos y advierte que liquida todos sus productos. Al margen de las campañas publicitarias engañosas para atraer consumidores, la situación es francamente preocupante.
No se trata sólo de una veintena de  comercios que bajan las persianas ni de emblemas de la actividad tandilense cuya desaparición abona a la nostalgia. Son, esencialmente, personas que pierden su empleo, que empiezan a transitar la experiencia de no poder sostener su familia, de no tener cobertura médica ni aportes previsionales para una futura jubilación. Son trabajadores y trabajadoras que empiezan a sentir el rigor de las necesidades reales, esas que son inmediatas. Y, como tantos otros, deberán salir a buscar empleo en un mercado laboral cada vez más deprimido y precarizado.
Las ferias americanas se multiplican en los barrios y emprendedores que habían decido asumir el costo fijo de alquilar un local deciden rescindir contratos ante la merma de sus ventas. En muchos casos se vuelve al viejo recurso de la comercialización puerta a puerta apoyada en el uso de las redes sociales, una herramienta barata e imprescindible.
En Tandil los índices de desocupación nunca bajaron de los dos dígitos en los últimos 15 años. La Encuesta de Indicadores del Mercado de Trabajo en los Municipios de la Provincia de Buenos Aires tuvo su última actualización en noviembre de 2010 y mostraba valores que rozaban el 12% de desocupación y más del 35% de subocupación. El estudio fue discutido por el entonces Secretario de Desarrollo Local, Pedro Espondaburu, quién extrañamente ponía en cuestión los resultados del estudio que el mismo había coordinado y ejecutado territorialmente en su carácter de “Enlace Local” del Ministerio de Trabajo bonaerense.
El informe fue guardado bajo siete llaves cuando las conclusiones incomodaron al Dr. Miguel Lunghi y, desde entonces, no hay estadísticas confiables sobre los niveles de ocupación de una ciudad que se jacta de poseer altos estándares de calidad de vida. Mientras el indicador de desocupación a nivel nacional se cerraba en 2015 con cerca de 7%, Tandil prácticamente duplicaba esos valores.
El estallido social de diciembre de 2001 suele explicarse en la contundencia de los números de desocupación, pobreza e indigencia que marcaban la realidad de aquella coyuntura. Sin embargo, las preocupaciones que los encuestadores mostraban y que los medios resaltaban – en un círculo que hace difícil identificar el huevo y la gallina – rondaban en torno a los famosos números del ‘Riesgo País’, la ‘deuda externa’ y el financiamiento internacional. Las comitivas del FMI que venían a ‘controlar’ nuestra economía y los operadores mediáticos que insistían en la necesidad de dolarizar definitivamente la argentina, eran moneda corriente. Los noticieros cerraban sus programas con una placa que mostraba la evolución diaria del Riesgo País, según la consultora Stanbdar & Poors y otras agencias de calificación internacionales.
Como la fábula que explica la técnica más eficiente para cocinar una rana en agua hirviendo, lo sorprendente de aquella Argentina de 2001 no eran sólo los valores que habían alcanzado los indicadores macroeconómicos al momento de los estallidos sociales que dejaron más de 30 muertes, sino la inercia con la que el grueso de la sociedad naturalizó que una comunidad pueda considerase viable – y vivible – con niveles de desocupación del 14, 16, 18, 21, 23, y 25% en el transcurso de sólo un lustro.
Resulta cuando menos difícil explicar el aumento de la violencia y el crecimiento de delito contra la propiedad por fuera de esas políticas que profundizaban la desigualdad. El abordaje mediático de aquellos años – y de estos – pretende resolver aquella exclusión a base de mano dura y represión. El ajuste “se hará por las buenas a los golpes” pero se hará, decía el economista liberal del macrismo, Miguel Ángel Broda, cuando promediaba la última campaña electoral.
Piquetes pidiendo pan y trabajo, salarios deprimidos en dólares, cortes de rutas, cierre sistemático de industrias, campos que se vendían por migajas, chacareros quebrados, asentamientos precarios, clubes de trueque y proliferación de los “Todox2Pesos” eran parte del paisaje de aquella argentina ‘normal’. Los que tenían la suerte de tener trabajo odiaban – casi literalmente – a aquellos argentinos excluidos que reclamaban por su derecho al trabajo pero que restringían el derecho a circular haciendo que esos afortunados ‘llegaran tarde al trabajo’. La grieta, entonces, era un abismo. Pero nadie la veía.
Será que en aquellos años la solidaridad no era un valor en sí mismo sino una mercancía más disponible en la góndola de los comunicadores de ocasión. Se la exponía irónicamente una vez al año en ‘Un Sol para los Chicos’, por canal 13, rodeados de famosos que atendían en un call center pidiendo donaciones. Ese era el día en el que el Grupo Clarín hacía gala de su enorme preocupación por los más pequeños, por los vulnerables. Y juntaba millones de pesos utilizando la imagen positiva de Unicef Internacional. El marketing de la solidaridad se imponía al ritmo que marcaba la Fundación Noble y, desde entonces, las ONG’s se erigieron como garantes de una transparencia indiscutible que por un lado erosionaba las instituciones públicas y  por otro demonizaba la política.
Tandil está asistiendo diariamente a postales que advierten la crisis. Será difícil detener este proceso de destrucción del tejido social sino existe una comunidad que se organice en función de la defensa de sus derechos. Mirando para otro lado sólo se contribuye al desguace. El rol de los medios de comunicación y de los periodistas con auténtica vocación de informar – más allá de su propia carga de prejuicios – también será necesario. Es tarea de todos. Porque el  día que ‘la gente’ esté nuevamente discutiendo por bolsones de comida en lugar de debatir sobre políticas públicas, cuando solamente se luche para evitar el hambre y ya no importen las ideas ni su organización, entonces, muchos descubrirán que la perinola que pusieron a girar en diciembre pasado les dice: “Pierde todo. Vuelve a empezar”.

LA OPINION DE TANDIL

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ALFREDO BARROS

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